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Raúl en la memoria

Jorge Dávila Vázquez// Rincón de Cultura

La vida es, a veces, como una pesca: en el río del tiempo lanzamos una red y, eventualmente, atrapamos un centelleante pez, que, compadecidos, lo volvemos al cauce de los años, dejando que los recuerdos se marchen para siempre.

En ocasiones, lo que sube en los hilos invisibles de la reminiscencia es un breve guijarro, que en nuestra mano refulge como una gema, y que contiene en su breve superficie melodías, nombres, épocas, labores, y nos quedamos contemplando esa piedrecilla, que parece guardar en sí toda la existencia. Melancólicamente la guardamos en un bolsillo, y seguimos río abajo, sabiendo que día llegará en que arribaremos a esa mar, a la que Jorge Manrique, llamaba “el morir”.

En ocasiones, nos ponemos más nostálgicos que de costumbre, cuando la partida de alguien, por ejemplo, remueve en nuestro interior ciertas imágenes.

La reciente muerte de Raúl Cordero Íñiguez, amigo de muchos, años, trajo relámpagos del pasado, dolorosamente. Recordé que tenía unos 16 años cuando trabajaba en el Banco del Azuay y me encargaron unas cobranzas, entre ellas las de Editorial González Porto, cuya enciclopedia endeudó a muchas personas cultas de entonces. Iba en pos de varios de ellos, y recibía un trato de amigo. Fue el caso de Juan Cueva, Jaime Malo, Guillermo Larrazábal, y muchos más. Juan Cordero Íñiguez adquirió también esos libros, su pasión. Visitaba cada mes la casa de su madre Carmelita Íñiguez -toda bondad y gentileza- y me atendían ella; eventualmente Juan, con quien se inició una amistad que dura casi 6 décadas; o algunos miembros de su familia: su hermana Rosita, que no solo era una dama muy bella, sino cordial; su esposo, Olmedo Torres, siempre afable; muy eventualmente, Sor Cecilia, la otra hermana, religiosa dominica, que tuvo fama de hermosa, en el mundo, y su hermano Raúl, que estudiaba Jurisprudencia, y con quien conversaba de temas varios, desembocando casi siempre en la música, su fuego, su sueño.

Mucho de eso es ya dominio de la ceniza, pero queda en el corazón. Los dos hermanos Cordero insistían en la necesidad de que me superase, estudiando. Eso habría de cumplirse varios años después, cuando algunos de mis compañeros de escuela y colegio ya eran profesionales. ¡Tumbos y avatares del destino!  (O)

 

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