La «cotidiana» tarea de guiar hacia la cima del Aconcagua

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«Hacer cumbre» en el Aconcagua, el pico más elevado de América y del hemisferio sur, es una meta codiciada por aventureros de todo el mundo y la actividad habitual de los guías de montaña locales, a los que cada año, más de 3.000 mil personas siguen, con la esperanza de llegar a la cima del mundo austral. Hasta que el coronavirus ha hecho cambiar de planes.

Acostumbrados a afrontar fuertes vientos, temporales de nieve e incluso avalanchas, esta temporada deberán sortear otro desafío: el restrictivo protocolo que el parque Aconcagua determinó por la covid-19 y que solo permitirá senderismo sin pernoctación con residentes locales.

Una decisión que afectará a los ascensos, la principal fuente de ingresos del parque, el trabajo directo de casi 500 personas y otros tantos empleos turísticos indirectos.

ACONCAGUA, LA CIMA SUR DEL MUNDO

Ubicado en la provincia de Mendoza (oeste), en Argentina, el cerro Aconcagua (6.962 metros), pertenece al parque provincial del mismo nombre. Su cumbre fue alcanzada por primera vez en 1897, por el suizo Matthias Zurbriggen.

Desde entonces se ha convertido en un atractivo mundial para deportistas y aventureros, ya que no solo es la máxima elevación después de las montañas de la cordillera del  Himalaya, sino que es uno de los desafíos obligatorios del «Seven Summits» (Siete cumbres), un reto que invita a ascender las cimas más elevadas de cada continente.

«El Aconcagua es una figurita infaltable en ese ‘fixture’, vienen personas de todo el mundo a ascenderla», comenta a Efe Nils Fontenla, guía de montaña y delegado de la Asociación Argentina de Guías de Montaña (AAGM) en Mendoza.

A ese circuito pertenecen también el Everest, (8.848 m) en Asia, el Elbrús (5.542) en Europa, en norteamérica el Denali (6.190), en África el Kilimanjaro (5.895), el Jaya (4.884 m) en Oceanía y el macizo Vinson (4.892) en la Antártida.

LA MONTAÑA Y SU VISITANTES

La temporada en el Aconcagua se desarrolla entre noviembre y abril de cada año, pero los ascensos se efectúan desde fines de noviembre hasta fines de febrero, cuando hay un clima más benévolo.

Según fuentes oficiales del parque, en 2019/20, cerca de 9.000 personas ingresaron, 3.200 (90 por ciento extranjeros) contrataron el servicio de ascenso y entre el 30 y 40 por ciento de ellos lograron ‘hacer cumbre’.

«Los demás llegaron a distintas altitudes en función de su salud, del clima y del tiempo que tenían para hacerlo», señala a Efe Mario González, guía retirado, fundador de AAGM y miembro de la Comisión Asesora Permanente del Parque Provincial Aconcagua.

«Aquel que está más fuerte en cuanto a su entrenamiento, a su alimentación, a su aclimatación y a sus conocimientos técnicos sobre el terreno, es aquel que va a llegar un poco más alto», agrega.

EL ASCENSO

El Aconcagua tiene varias caras o accesos. La vía «normal» es el lado noroeste: «es la más fácil, con pendientes más suaves», asegura Fontenla.

Al tener menor complejidad técnica, por esa cara ascienden mulas con la carga de los andinistas hasta el campamento base «Plaza de Mulas» (4.300 metros). Desde allí, se pueden contratar porteadores, «sherpas andinos», quienes pueden acarrear la carga hasta los campamentos más elevados.

La cara sur, por su parte,  tiene 4.000 metros de desnivel, llena de rocas de mucha inclinación y grandes formaciones de hielo provenientes de los glaciares: «No es para cualquiera», afirma González.

El ascenso se realiza de forma escalonada para lograr una «óptima adaptación del organismo» a las diferentes altitudes, y depende también de las condiciones meteorológicas. De allí que las  expediciones hacia la cima suelen durar entre 13 y 20 días, por lo que cada guía realiza entre tres y cinco por temporada.

«Probablemente si quisiéramos subir de golpe (…) a la cumbre del Aconcagua, con sus casi 7.000 metros, al cabo de unas horas comenzaríamos a tener una serie de dificultades que podrían evolucionar hasta el fallecimiento», explica el Fontenla.

LA MONTAÑA ES PARA TODOS, GUIAR ES PARA LOS FORMADOS

«La administración del riesgo que se tiene en la montaña es intrínseco a la actividad, requiere una formación específica», explica González, quien en 1984 fundó la primera Asociación Argentina de Guías de Montaña, que hoy cuenta con cerca de 500 miembros y forma profesionales en ‘trekking’, montaña y alta montaña.

En la actualidad, y a pesar de ser una profesión con grandes responsabilidades, los guías de montaña aún no cuentan con una regulación nacional de su actividad. Por ello, las asociaciones que nuclean en Argentina a los profesionales del área impulsan la creación de una ley que incorpore a nivel nacional tres puntos que consideran fundamentales: autoridades de aplicación, oficialización de instituciones formadoras y derechos y obligaciones del profesional y su cliente.

LIDERAZGO

Además del estado físico, conocimiento del terreno, análisis de las condiciones meteorológicas, control de los parámetros generales de salud de las personas a su cargo, que luego cotejan con los médicos apostados en la montaña, los guías deben construir liderazgo.

«Más allá de estar a cargo formalmente, que implica ser el responsable de esa expedición, el liderazgo hay que construirlo y hay que ganarse de a poquito ese lugar para que las personas estén dispuestas a seguirte», señala Fontenla.

«La idea en general es consensuar las decisiones, pero hay cosas que quedan al criterio del dominio y competencias de un guía de montaña y muchas veces eso va en contra de sueños y deseos (..)  a veces hay que tomar una decisión en función del bienestar de uno solo de esos elementos y empiezan a aparecer egos», manifiesta Fontenla.

Subraya que todo termina siendo un aprendizaje, que de todo se aprende y es muy importante que los guías puedan capitalizar esas experiencias para lograr herramientas y poder gestionarlas mejor.

DESAFÍO FRENTE A LA COVID-19

Más allá de las medidas adoptadas por la Dirección de Recursos Renovables, responsable del parque, el grueso de los clientes que contratan ascensos, provienen del extranjero, mayoritariamente de Estados Unidos y Europa y confirman, o al menos sellan su expedición en los meses de septiembre y octubre.

Este año sin embargo, la incertidumbre por la covid-19 y las limitaciones en el transporte y el libre tránsito generaron una gran disminución del  turismo internacional, principal consumidor de las expediciones de ascenso.

Por lo pronto, la  actividad permitida de senderismo sin pernoctación se nutrirá con los residentes de la zona que deseen pasear por el maravilloso parque. Quedará para el futuro  «hacer cumbre» y «rasgar el cielo con las manos a casi 7.000 metros de altura. EFE