Viviendo al ayer

Josefina Cordero Espinosa

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OPINIÓN|

Mientras avanza la vida, se van acentuando las añoranzas, los recuerdos hechos de ausencias, ese sentir “que cualquier tiempo pasado fue mejor”.

Cuenca era una ciudad niña, arrullada por el rumor de sus cuatro ríos, el tañer de sus campanas, el olor a pan y el vuelo de las golondrinas, una ciudad musical con las notas de los pianos escapando por las ventanas, con el rasgar de las guitarras en los serenos de la noche y a los dos en punto de

la tarde el taconeo garboso de la chola en el empedrado y la gran canasta depositada en su cabeza llena de pan blanco y roscas de manteca para el café con leche de la tarde, alguien me dirá “no era a las dos en punto” como aquella madre que escuchaba a su hija recitar en un escenario la poesía de García Lorca a la muerte de un torero: “Ay, Federico García llama a la guardia civil// que tu talle se ha quebrado como caña de maíz //tres golpes de sangre tuvo y se murió de perfil// viva moneda que nunca se volverá a repetir// y luego, fue a las cinco en punto de la tarde, a las cinco en punto, a las cinco en punto de la tarde … “, y la señora dijo a su acompañante «¿Cómo le avisamos a la chica que ya son las seis y ella sigue con las cinco en punto, con las cinco en punto de la tarde?». (O)