Los caballos y sus amos

Josefina Cordero Espinosa

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OPINIÓN|

Cuando llegaron los españoles se imaginaron los aborígenes que era un solo ser el caballo y el jinete y aún que eran dioses; la ambición de los invasores por huir con los tesoros sagrados ayudó a que los indios descubran la verdad combatiendo con las tropas de Hernán Cortez en la que se llamó “la noche triste”.

El caballo de paso que en ese entonces no existía en el mundo, evolucionó en los desiertos del Perú, el suelo quemante hizo que mezquinen sus cascos y alternadamente levanten sus patas hasta lograr la rítmica danza que ahora ostentan.

En todos los tiempos los caballos han sido dignos de los mayores honores de parte de sus dueños.

Calígula el tirano que murió asesinado como todos los tiranos, al único que amó fue a su caballo Insitatus al que le otorgó el título de Cónsul.

Alejandro Magno dignificó al suyo Bucéfalo, fundando al pie de su tumba una ciudad a la que llamó Bucefalia.

Babieca el caballo del Cid ganó su última batalla llevando el cadáver del Campeador sobre sus lomos.

Rocinante el de Don Quijote galopando por los caminos de La Mancha y Clavileño con el que soñó volaría al cielo.

En las haciendas ya perdidas en las nieblas del tiempo no podemos olvidar los

caballos de la infancia. (O)