Castigo ejemplar

Aurelio Maldonado Aguilar

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OPINIÓN|

Gracias a la enorme convocatoria y magia del WhatsApp, logramos reencontrarnos luego de 60 años, más de la mitad de compañeros de la escuela Borja. Encuentro asombroso y cordial, pues en muchos de los casos, no nos reconocíamos físicamente por la acción de aquel cierzo del tiempo que nos aventó por rutas y destinos disimiles, cambiándonos sin remedio. Reunidos fraternalmente, volaron recuerdos y anécdotas indispensables. Evocamos muchas cosas buenas de la escuela, sin embargo, también rememoramos algo que, para la vida de aquellos párvulos, fue traumático. Teníamos un profesor pequeñito enfundado en rígido traje sastre con chaleco, de piel medio terrosa, con una habilidad innata para jugar trompos, arriadas, cauitos, así como las bolas, que, con hábil ademán, le convertía en ganador eterno cuando en recreos jugaba con nosotros. También fue muy hábil para castigos y funcionaba con el lema “la letra con sangre entra” Cierta vez, momento presente en aquellos niños por lo drástico y traumático, lo comentamos. Algo se perdió en el aula. No recuerdo que, a lo mejor centavos. Empezó la pesquisa y el chiquitito profesor elegante cara de ratón gris, nos puso en fila a todo el grado, mostrándole a su disposición las palmas de nuestras temblorosas manos. Pidió que el causante del hurto declarara o que alguno de nosotros lo denunciara, cosa que nunca sucedió y entonces empezó el castigo. Una pequeña regla de madera que tenía clavada una tachuela en su extremo, fue el arma que nos fusilaría. En las párvulas manos inocentes, cayo la puya drenando gotitas de sangre, uno tras otro de nosotros que permanecíamos inmóviles con las palmas en espera del castigo. Fuimos agredidos aquella tarde y pagamos la pena muchos inocentes por la acción de algún ratero. Cosa parecida sucede en este Ecuador podrido por acciones de ladrones e infelices, mientras todo el pueblo, profesores, médicos, jubilados, empresarios, trabajadores y todos los estamentos buenos de la sociedad, sufren la acción de la enconosa pica que se hunde en nuestra carne, que sangra sin lograr reacción que valga. Todo el pueblo trabajador y honesto sufre hambre, desempleo, desamparo, mientras los trúhanes llenos de dinero, que, si requieren de castigo ejemplar, fugan escondiendo su fétida osamenta en otros países intentando librarse y aupados con la fuerza de su insolencia y desparpajo, volver a encaramarse en el poder en nuevas elecciones. (O)