Título de ciudadano

Edgar Pesántez Torres

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OPINIÓN|

 

 Llegar a ser ciudadano es una de las mayores categorías de un residente urbano. No es una tarea fácil, ni para quienes nacen en ella ni para los que son acogidos. Para ser buen ciudadano no se requiere de mayores sacrificios sino de voluntad y amor, cosa que se cultiva con la educación y el ejemplo. El amor es un estamento superior al de querer que solo motiva al deseo y el placer, a la conquista de algo para satisfacer la aspiración, el apetito y la codicia. Amar es un sentimiento que traspasa el bienestar material e instintivo, es un valor superior que reciproca las bondades y dones del otro y hace desprenderse de los propios y participar en comunión con los demás.

Entonces amar a la ciudad no es solo quererla para sacar provecho, sino que hay que respetarla, cuidarla, contribuir con su donosura, ennoblecerla con sacrificio y honradez. El ser humano debe pasar algunos eslabones hasta alcanzar el penacho de buen ciudadano. No basta con ser individuo, debe alcanzar la condición de persona, esto es llegar a ser un individuo, pero socializado, es decir, con autonomía y corresponsabilidad con los demás. Un eslabón aún superior, es de llegar a ser ciudadano, y mejor buen ciudadano, un hombre con atributos que dignifiquen a la ciudad que lo cobija.

Se ha venido denunciando de manera permanente sobre las agresiones a los integrantes de la ciudad y de sus bines materiales. Se ha revelado las impudicias de gente perniciosa y sin pudor, que afrenta a los componentes de la señorial ciudad. Portales, frontispicios de iglesias, instituciones educativas, organismos regionales, edificios públicos y privados recién pintados y que atraen la vista de los transeúntes, son manchados por el solo prurito de ver desmejoradas sus edificaciones.

Entre otras averías a los bienes, están los monumentos. Se los descabeza o mutila en cualquier parte, se les mancha o se inscriben leyendas groseras, se roban las placas o simplemente sirven de urinarios o de otros depósitos innominables. Los monumentos de la ciudad, edificados para perennizar los valores de sus hijos más notables, son objeto de crasas aberraciones por gente sin escrúpulos. Lo peor del caso es ver a jóvenes estudiantes que se unen a este tipo de despropósitos.

Los padres y profesores deben inculcar a su descendencia y pupilos aprender amar a la ciudad; las autoridades, mantener una custodia permanente de estos bienes y aplicar la ley con los malhechores; y, el vecindario, velar los bienes aledaños. (O)