La voz de la esperanza

Hernán Abad Rodas

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OPINIÓN|

 

Confieso que siento nostalgia de mi bello Ecuador, amo a su pueblo y tengo pena por su inmensa desdicha al haber vivido durante una tenebrosa década gobernado por una banda de delincuentes de la peor especie que saquearon sin misericordia sus recursos económicos, demoliendo la democracia, la justicia, la libertad, la dignidad y cubriendo con el manto del desempleo, el hambre y la pobreza todo el territorio nacional.

Pero, si mis compatriotas en las próximas elecciones estimulados por el pillaje y la impunidad de la corrupción volvieran a elegir como gobernantes a los mismos pillos que cometieron atrocidades y que destruyeron nuestro querido Ecuador, harían que nazca en mi un resentimiento hacia mi pueblo y a mi país.

Alabo al país donde nací; pero si los habitantes de dicho hogar nacional se negaran a cobijar y ayudar al pobre, al humilde viajero, al que tiene hambre de sed y justicia, entonces convertiría mi alabanza en diatriba y mi anhelo en olvido.

Amo a mi ciudad natal con el mismo amor con que amo a mi país; y amo a mi país con el mismo amor que siento por la tierra, que es mi patria de extremo a extremo; amo a la tierra con todo mi ser, porque ella es el cielo de la humanidad, una manifestación del espíritu de Dios.

La humanidad es el espíritu del Ser supremo en la tierra, y hoy esa humanidad por la pandemia del SARS COV 2, está de pie entre las ruinas y el miedo, ocultando su desnudez con lágrimas y dolor.

Los seres humanos se aferran a las cosas materiales, pero yo busco permanentemente abrazar la antorcha del amor para purificarme con su fuego y alejar la inhumanidad de mi corazón.

Los seres humanos muchas veces se unen para destruir los templos del alma

 y entrelazan las manos para construir edificios para los cuerpos de este mundo.

En esta cuarentena, siento la suave caricia de la vida, y continúo escuchando la voz de la esperanza que desde lo más profundo de mi ser me dice: Así como el amor vivifica el corazón del hombre que sufre, la ignorancia le enseña el camino del saber.

Bajo la luz y la voz de la esperanza, el dolor y la ignorancia conducen a la dicha plena y a la sabiduría, porque el Ser Supremo no ha creado nada en vano bajo el sol. (O)