Payasos, navegante de emociones

Dos payasos reflexionan sobre el origen y la actualidad de esta actividad que tiene una historia milenaria.

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Emilia Acurio y Juan Francisco Carreño tienen una nariz roja en común. Ella la usa para sacar su parte más infantil, él para mostrar su lado más inocente. Ella lleva el rostro limpio, una falda tipo tutú y unas medias a rayas; él también viste medias a rayas, un elegante traje blanco y azul y tiene el rostro pintado. A ella le dicen clown y a él payaso Juancho.
Dice Emilia que los dos descienden de un ancestro común: el payaso de circo. Juancho añade que antes de llegar a estos espectáculos, los payasos ya existían desde épocas muy antiguas. Que estaban en las cortes reales, en las calles o en el teatro. Los estudios dicen que apareció hace 2.500 años antes de Cristo en la corte de un faraón egipcio. A ese personaje se conoció como bufón y fue popular en la antigua dinastía china y en países europeos. Su función era hacer reír a faraones, reyes o emperadores.
El clown hace reír porque es estúpido, dice Emilia. El payaso en portugués se traduce como idiota, cuenta Juancho. Pero ninguno habla en sentido negativo. “Es estúpido porque tiene esta capacidad de hacer cosas y no arrepentirse de hacerlas. Las hace y luego reconoce que no tenía que hacerlas. Está en un constante fracaso y ese fracaso lo disfruta”, explica ella. “El payaso es un ser idiota. Porque hace reír por sus idioteces, por las bobadas que hace y dice. Una cosa simple no puede hacer: se cae, se tropieza”, argumenta Juancho. Los dos conceptos tienen algo en común: hay fracaso.
“El clown nos lleva a reconocer nuestro fracaso como seres humanos. Porque somos imperfectos, porque no vamos a hacer las cosas bien todo el tiempo. El clown se plantea un objetivo y sabe que no va a llegar, pero no pasa nada”, cuenta Emilia. Y añade que a pesar de las diferencias entre los clown y los payasos de circo o de fiesta, todos nacieron con la misma idea: mostrar el fracaso de este ser que no logra hacer nada bien para que el público se ría y disfrute de ese fracaso.
“El payaso es un ser noble”, resalta Juancho. “Pero lo satanizaron”. En el cine hay payasos crueles, el Guasón (Joker) es el más conocido. Y en la vida real “hay payasos que no son payasos”, reconoce. Se refiere a aquellos que se toman este oficio a la ligera, a los que no se preparan, no se actualizan o no tienen el don, como él dice.
Juancho está convencido de que él sí lo tiene. Para explicar a qué se refiere con eso cita a David Larible, un italiano considerado el mejor payaso del mundo: él dice que es un espíritu bonito que se te mete para caerle en gracia a la gente.
Pero hay payasos que no lo logran. O simplemente cargan con una serie de estigmas. El payaso, pese a ser uno de los personajes que más convive con niños, es de los más temidos, incluso por los adultos. La ficción, la cara pintada y algunas groserías y malos comportamientos de unos cuantos han contribuido a la mala fama.
Una mala fama que incluso ha convertido a la palabra payaso en un insulto. “Eres un payaso” le dicen a alguien que no hace las cosas en serio y también a ciertos políticos. Cuando en realidad, payaso puede ser sinónimo de persona que hace reír, que entretiene, que educa, que visita a los enfermos para hacerlos sentir mejor con un puñado de risas. Y claro, payaso también es sinónimo de artista.
En Azuay hay una asociación de payasos con 30 miembros, pero en la práctica hay muchos más. Aunque en las fiestas infantiles empiezan a ser reemplazados por títeres y otro tipo de actividades de entretenimiento, Juancho dice que él tiene trabajo todos los fines de semana y está convencido de que el oficio no morirá.
Ya sea en el circo, en una fiesta infantil, en un hospital, en un centro educativo, en una plaza pública, en un teatro o en la calle, los payasos mantienen una misión, dice Juancho: “ser navegantes de emociones, porque no solo te hacen reír, lo que hacen es emocionarte”.

Juancho
Desde hace diez años, Juancho vive de ser payaso. Ha sido un tiempo de constante evolución y aprendizaje, asegura. Recibió un taller con el mejor payaso del mundo, estudió algo de psicología infantil, cambia de trajes y maquillaje constantemente, recita de memoria los tipos de payaso que hay, él es un Tony (además de su forma de hacer reír, su atuendo es más elegante y los zapatos no tan grandes). Los Augusto, en cambio, son más exagerados, esos de zapatos y ropa enorme.
Juancho sabe que su oficio, como la mayoría, está cambiando todo el tiempo. Dice que hay compañeros que no evolucionaron, que es quizá a ellos a quienes afecta la mala fama del payaso. Pero a él no. Esta es su única actividad económica y con esto sostiene a sus dos hijos, porque es papá soltero.

Emilia
Emilia tiene 28 años, hace diez conoció el mundo del clown y se enamoró. Ella también es una aprendiz permanente. Viene de la escuela de Clowndestinos y ha tomado clases con expertos como Avner, el excéntrico, un payaso, mimo y mago estadounidense que dejó de usar la nariz roja porque no da espectáculos para niños.
Su clown es un ser juguetón, porque “un clown no es un personaje, es como una parte de ti mismo. La más inocente”, asegura. Emilia sabe que el payaso tiene la gran posibilidad de dejar un mensaje a la gente. Como clown, tiene muchas posibilidades de llegar al público; ella ha trabajado con niños, ha dado clases de educación sexual y reproductiva, por ejemplo. “El clown en realidad puede hacer todo lo que se le ocurra”, expresa. (I)

Por: Jackeline Beltrán A.
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Fotos:
El Mercurio-Cuenca