Los Carnavales

María Rosa Crespo

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Estos festejos tienen una larga tradición, se remontan a tiempos inmemoriales, en Roma los esclavos gozaban de libertad durante tres días, en la Edad Media se elegía al rey de los locos para que presida las ceremonias. Mijaíl Bajtín estudia esta dimensión como un mundo al revés: la máscara, el disfraz, la risa. Tal desborde de las pasiones, la exaltación del júbilo al filo de la cuaresma llegó a nuestro continente durante el proceso de la conquista y colonización españolas. En el Ecuador devino en un festejo popular donde la percepción carnavalesca del mundo adoptó muchas modalidades propias de las culturas andinas sin perder su algarabía, el bullicio, el libre contacto entre la gente, la violación de normas y reglas que determinan el diario vivir, la liberación del comportamiento, el gesto, los vocablos. Hasta hoy es un espectáculo en el cual todos participan, sin escenario ni división de actores y espectadores. La vida desviada de su curso habitual que reúne en sí lo religioso y lo profano, la vida y la muerte, la juventud y la vejez, el caos que antecede al tiempo de cuaresma. Tiempo y espacio en los cuales la naturaleza humana se manifiesta de forma sensorial, concreta con su desenfreno sin límites, pero igualmente con su malicia y crueldad. Costumbre en el Ecuador ha sido jugar con agua, anilinas, polvos y otros menjurjes. Un viajero inglés que visitó Quito en 1867 al presenciar el juego de carnaval exclamó: “Aquel que lo inventó debiera ser canonizado”. (O)