Cuando mueren los nuestros

Viviana Bernal Estrada

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Niños y niñas, adolescentes, personas adultas y adultos mayores, sin rango etario ni dinámica habitual en común pero sí con un patrón semejante, morir. Me refiero a los índices de suicido registrados en la ciudad de Cuenca, a la obstinación por quitarse la vida, al desenlace tras una pérdida y a la perdurable afectación por algo que probablemente pudo prevenirse.
Es tanta la multiplicidad en los escenarios de violencia intrafamiliar que incluso quienes dicen ser ajenos, se bloquean y pierden así la capacidad y la sensibilidad de ver más allá. No creo que la bondad o maldad de una persona sea una cuestión de fórmula, creo que nos cuesta tanto liberarnos de nuestros privilegios porque aún pensamos que es “problema del otro”.
Personas de imaginarios ya ausentes expresan solo sus recónditos miedos, personas que dejaron al presente el dilema por saber si su voluntad colapsó ante preguntas sin respuestas, ante un tiempo que prorrogó su esperanza, ante la indiferencia de los más cercanos, ante la nulidad de extraños, ante la ausencia del amor…
Un proyecto de vida que inició con pinceladas de colores, colores contarios al luto de hoy. (O)