Cien años de Federico Fellini, el genio que soñó el cine

429

Hace cien años nacía Federico Fellini. Por entonces nadie podía presagiar que marcaría la historia del cine pero lo cierto es que el maestro acabó haciéndolo, creando todo un mundo en el que la realidad y los recuerdos se tiñen de ensoñación.

Fellini nació el 20 de enero de 1920 en la ciudad italiana de Rimini (norte). Su padre, Urbano, era un representante de licores, su madre Ida, una ama de casa romana, y tuvo otros dos hermanos menores, Riccardo y Maddalena.

Ya desde la escuela comenzó a adquirir notoriedad como dibujante y caricaturista, una afición que no abandonaría jamás, y sus primeros pasos en el séptimo arte los dio retratando a las grandes estrellas del momento para las salas “Fulgor”, el cine de su infancia.

Pronto comenzó a colaborar como caricaturista en prensa, hasta que en enero de 1939, con la excusa de empezar la carrera de Derecho, se trasladó a Roma.

En la capital conoció a la actriz Giulietta Masina, con quien se casaría años después, y se sumergió en el efervescente mundo del espectáculo y de la escuela neorrealista, entablando amistad con Roberto Rossellini y trabajando en la escritura de su obra maestra, “Roma cittá aperta” (1945).

Aquel joven de provincia se convierte en uno de los guionistas más reclamados hasta que se embarca en la dirección de “Luci del varietà” (1950), junto a Alberto Lattuada, y en su ópera prima en solitario, “Lo sceicco bianco” (1952), con más deudas que éxito.

Pero todo cambió un año después con “I vitelloni” (1953), aquel cómico y descarnado retrato de la juventud protagonizado por Alberto Sordi, escrito junto a Ennio Flaiano, con quien trabajaría en otras ocasiones, y premiado con el León de Plata de la Mostra de Venecia.

Desde entonces, en aquella Italia de posguerra, conquistó aquella Hollywood del Tíber, los estudios de Cinecittà, y desde su Teatro 5 extendió con sus obras un imaginario indeleble, marcado por lo onírico y poblado por los seres de sus recuerdos, coleccionados como máscaras.

Sus personajes son alocados funambulistas, sátiros, prostitutas, seres grotescos, mujeres buenas, niños pícaros que sacan de quicio al clero, ancianos ingenuos y jóvenes en los albores de su despertar sexual embobados con lo inalcanzable.

“No hago una película para debatir tesis o defender teorías. Ruedo una película del mismo modo en que vivo un sueño, que es fascinante mientras es misterioso pero que corre el riesgo de ser insípido cuando es explicado”, dijo en una ocasión el maestro.

La consagración de Fellini como auténtica promesa del cine llega pronto. Con 34 años obtiene el premio Óscar a la mejor película extranjera con “La Strada” (1954), una cinta que ideo tras ver a una pareja de míseros artistas ambulantes arrastrando un carro por la calle.

Se trata de la historia de Gelsomina, una enternecedora muchacha vendida y sometida a la violencia de un artista de la calle (Anthony Quinn). Es el germen del mundo de Fellini, en el que la bondad se conjuga a la perfección con lo grotesco y lo cruel.

Después de “La Strada” llegó la que quizá es su obra más recordada y que da nombre a toda una era de Roma, “La dolce vita” (1960), todo un viaje frenético por su noche, entre sus ruinas vetustas y sus rincones más recónditos, como queriendo buscar su alma.

Es ahí donde se da una de las escenas más famosas de la historia del cine, el baño en la Fontana di Trevi de los protagonistas, Marcello Mastroianni y la rubia Annita Ekberg, imbuidos en un cortejo hipnótico y misterioso a los pies del dios Neptuno.

El cineasta siguió creando arte, con títulos, entre otros muchos, como “Le notti di Cabiria (1957), “8 y medio” (1963) o “Amarcord” (1973), que le encumbraron como uno de los más laureados, con 5 Óscar, entre esos uno honorífico otorgado siete meses antes de su muerte en 1993.

Quienes trabajaron con él encomian la visión “sacerdotal” que tenía de su trabajo, en la que volcaba su inconmensurable y voraz imaginación, así como su afable carácter.

Y le recuerdan día y noche en los cafés y restaurantes de Roma, ciudad que retrató como nadie y a la que quedaría vinculado para siempre, sobre todo a la apacible vía Margutta, a dos pasos de la plaza de España, donde vivió durante años con su esposa.

Tal fue su influencia que generó sus propias palabras, como la de “Dolce Vita”, aquellos años dorados con estrellas del celuloide recorriendo los cafés de la Vía Véneto romana, o la de “paparazzo”, los fotógrafos que las perseguían incansablemente.

Y esa memoria sigue más vigente que nunca, un siglo después de su nacimiento, con su nombre convertido en adjetivo, “felliniano”, como Kafka y “fafkiano”, para referirse a aquellas atmósferas de tintes de ensoñación, angustiantes o surreales tan suyas. EFE