Los ladrones cultos

Ángel Vera

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Dicen que no es primera vez, en todo caso no sabía. No sabía que no es la primera vez que una pintura desaparece dolosamente de una exposición, como pasó la víspera de año nuevo, cuando un desconocido fue al Salón del Pueblo de la Casa de la Cultura a la exposición del artista Ariel Dawi, cortó a cuchillo una de las mejoras obras de su bastidor y la secuestró.
Unos años antes, cuentan, se llevaron, de una muestra, un cuadro de pequeño formato. En este caso, la obra era de Josefina Flándoli. Sin embargo, en apego al Derecho, aunque similares, ambos hechos son distintos pues el primero es un caso más grave porque es un robo con violencia y, el segundo, el hurto de un descuidero.
El mismo año pasado, otro delincuente robó, del Archivo Nacional de Historia de Quito, el testamento del prócer de la independencia, Eugenio Espejo.
La memoria recuerda que no son la única clase de robones. El personal retirado de la Biblioteca Municipal contaba que un sujeto presuntuoso de lector, (de títulos), ganó su confianza, iba al depósito de libros y saqueaba los mejores ejemplares de la colección Aguilar: joyas literarias por los autores y bibliográficas por las ediciones, muchas en cubiertas de piel.
He aquí los delincuentes cultos: roban cuadros de arte, libros incunables, documentos históricos y probablemente hayan más bienes culturales víctimas de perjuicio –sospecho de las placas conmemorativas-.
Y al parecer, tanto aquel de la biblioteca como el del Salón del Pueblo, no robaban para sí, sino por encargo. Si Cuenca se vanagloria de sus poetas, artistas, creadores, sabios y santos varones, debemos también avergonzarnos de delincuentes cultos, con el agravante de que algunos lo practican bajo sicariato, material o intelectual.
Una alternativa sería incrementar la vigilancia, los jóvenes que prestan servicio militar podrían ayudar en eso. (O)