Juego y juguetes

Claudio Malo González

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Se siguen usando términos latinos para referirse a peculiaridades de los seres humanos como homo sapiens y homo faber. Que la capacidad de razonar es la gran diferencia con los demás integrantes del reino animal nunca ha sido discutido. La capacidad de elaborar objetos con finalidades previamente establecidas es considerada por algunos antropólogos la principal diferencia ya que es el resultado de su creatividad. Para evitar polémicas hay que tomar en cuenta que previa la elaboración de algo hay que pensar, es decir faber y sapiens no son excluyentes sino unificados.

En 1938 el pensador holandés Johan Huizinga publicó su libro “Homo Ludens” para profundizar en algo que parece trivial: jugar como componente ineludible de la condición humana. No hay edad que limite el juego, pero tiene especial importancia durante la niñez en la que predomina la fantasía sobre el “maduro” pensamiento constructivo. Todo objeto puede convertir en juguete un niño. ¡Quién no ha convertido en brioso corcel a un palo de escoba! Pero hay artefactos cuyo único propósito es jugar.

La Navidad, fiesta infantil por excelencia, está estrechamente vinculada con los juguetes. Antes de la invasión del consumismo, los niños eran los únicos que recibíamos este regalo. En mi lejana niñez recuerdo la ilusión con que nos acostábamos la noche del 24 pensando en el juguete que nos traería el niño Dios en los zapatos que habíamos dejado en la ventana –Papá Noel era un desconocido de las nieves- y la emoción con que nos abrazábamos a él muy por la mañana. Nunca afirmo si esos tiempos eran mejores a los actuales, pero retoñan los encantos de los primeros juguetes que me llegaban en la navidad. (O)