Las cosas en su sitio

Alberto Ordóñez Ortiz

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Los temas nunca son definitivos. Está en su naturaleza. Siempre hay juicios en contrario. Y está bien que así sea. La pluralidad, esa garantía suprema de la libertad de expresión cobra inusual vigencia cuando de opiniones se trata. Hemos leído y escuchado con atención los múltiples criterios vertidos –ásperos unos, burlescos otros- en torno a los negros acontecimientos de octubre. Si en la marcha indígena hubo infiltrados –como se dice- la identificación de los autores y demás responsables, era y es obligación de las respectivas autoridades estatales. Hasta tanto, la presunción constitucional de inocencia es la que prevalece.

Los disensos son parte vital de la democracia, la vuelven dinámica, la enriquecen y, hay ocasiones, en que merecen el altar de la ecuanimidad. Para los comunicadores, encontrar ese punto en que ella se convierta en su Norte es, sin duda, la tarea más compleja. De allí que es menester que sea manejada con pinzas, como si de la más delicada operación se tratara.

En los eventos en cuestión, las nacionalidades indígenas y sus dirigentes han merecido un cúmulo de adjetivos peyorativos, sin embargo una delegación de la CIDH y nuestra propia Asamblea Nacional sostienen que las Fuerzas Armadas y Policiales cometieron “excesos”. Pero más allá de esa visión, se olvida que sin su intervención el alza del diesel y de la gasolina nos mantendría todavía lamentándonos. Frente a la paradoja, conviene la opinión de un tercero. Valga para el caso la deslumbrante poesía de Euler Granda, quien dejó diciendo: “Con trozos de cartón/ remiendo los zapatos/ y me lanzo a gritar en media calle:/ que devuelvan el pan/ que es para todos/ que devuelvan el sol/ que devuelvan los muertos/ y que salgamos a matar el llanto”/. Las cosas deben quedar en su sitio, porque eso es pluralidad e integridad democrática. (O)