Epílogo de un desastre

Gerardo Maldonado Zeas

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Fui por un trámite a la Contraloría General del Estado en Quito. Luego de la barbaridad ocurrida en octubre pasado cuando delincuentes avezados quemaron el edificio tradicional del ente de control, hoy sus funcionarios se encuentran desperdigados en 17 espacios de diferentes instituciones públicas. Superintendencia de Bancos, Petroecuador, varios ministerios, han dado posada para que no cierren las puertas, ante la bestialidad ocurrida.

Los empleados están desorientados. Si se pretende hacer seguimiento de algún oficio o documentación, tienen inmensas dificultades para encontrar el número de trámite. Si alguien busca a un funcionario, dicen desconocer la ubicación, dentro de los tantos espacios, en los cuales podrían estar. Una señora que atiende al público en ciertos trámites comunes, como el de recibir documentación, me comentó que ella llevó a su trabajo, sus propios suministros: grapadora, perforadora, clips. Verdaderamente desconsolador.

Las llamas quemaron todo. Laptops, papeles, una inmensa cantidad de activos. En el parqueadero, están estacionados varios buses completamente calcinados. Cuando recapacito en entender por qué ese edificio, precisamente la Contraloría fue el blanco del supuesto vandalismo, reflexiono y mi conclusión seguirá siendo la misma: fue un acto planificado, dirigido por quienes estaban interesados en hacer desaparecer la información de tantos exámenes especiales realizados, y que determinaban responsabilidades graves para los malos funcionarios públicos de tiempo atrás.

La edificación no sirve; deberá ser demolida opinan los especialistas. Las pérdidas materiales son inmensas, pero el chasco que se llevaron estos delincuentes es que la información estaba muy bien protegida en la “nube”, es decir en un espacio físico informático arrendado en algún lugar del mundo. Llama la atención que quienes estuvieron ese fatídico día en pleno ejercicio de su demencia en contra de los bienes públicos, están libres, al no poder ser imputados por este gravísimo delito. Increíble! (O)