Valle de paz

CON SABOR A MORALEJA Bridget Gibbs Andrade

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Salí temprano de la ciudad con rumbo a un retiro voluntario. No fue planeado, pero sí fue una respuesta al silencio que mi alma pedía con una insistencia vaga. Pensé que tres días serían suficientes para descansar y disipar mi mente. El viaje fue muy placentero: montañas de verde entero y valles sombreados con pincel de artista, flanquearon mi aventura en solitario.
Las montañas siempre han ejercido una fascinación mística sobre mí. Su presencia imponente y la bullente fuerza escondida en su interior, nunca dejan de maravillarme. Las admiro desde una banca en el parque, caminando por las calles o desayunando en el balcón de mi habitación. Es como si se acercaran a mí, pero a la vez mantuvieran su distancia. La energía que emana Vilcabamba es sanadora y poderosa. La casa mostaza de adobe con sendas buganvillas colgadas de sus aleros, es de Anya (alemana e instructora de Yoga). La clase de meditación y yoga dura una hora y, al terminar, no me quiero ir. Me envuelve una paz exquisita. Su nieto pequeño de ojos azul profundo como los de ella, se despide con una sonrisa y me pregunta cuándo voy a regresar. Prometo que el próximo año. Mientras me siento en un portal del parque a tomar un café, escucho al vendedor de mangos gritando a todo pulmón, al señor que vende humitas y tamales y a un par de gringos, en la mesa contigua, que se preguntan si Cuenca queda en la provincia de Loja. Su duda quedó saldada. También escucho los trinos de los pájaros que se unen al canto de villancicos de los niños en la escuela de al lado.
En Diciembre, las cuatro esquinas del parque permanecen decoradas con vigas entrecruzadas a manera de techos en punta, con luces y faroles, causando un efecto mágico y encantador. Un pesebre de figuras de cartón a escala vigila la entrada a la iglesia en la que, al caer la tarde, se dan cita las devotas del rosario mientras que, en la última banca, un dúo de músicos: guitarrista y cantante, ensayan su repertorio para la misa.
Regreso de este descanso renovada, relajada y con unos años menos en el alma. Necesitaba un tiempo a solas, lejos de todo, cerca de nada. Un tiempo en el que mi alma y yo pactamos una tregua y nos volvimos a dar la mano. Quedo profundamente agradecida con este Valle de Paz, el que, generosamente, me prodiga un inmenso solaz. (O)