Agustín

Andrés F. Ugalde Vázquez

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Se llamaba Agustín y era un campesino de Quinindé. Un día, hace más de cuarenta años, fue brutalmente secuestrado por un comando militar y conducido a un oscuro cuartel para someterlo a un viacrucis de torturas sin nombre. Interrogatorios. Golpes. Encapuchado y amarrado como un animal. Negando desesperado sobre álbumes de fotografías. ¿Alfaro Vive que…? y la tortura empezaba nuevamente.
Y llegaría la tarde de un 13 de diciembre de 1985. Una camioneta se detenía en uno de esos caminos vecinales que no aparecen en los mapas. Allí lo pusieron, desnudo, frente a una pared. A su lado, el rostro desfigurado de la profesora del recinto. “Identifíquese”, ordenaban los captores. “Consuelo Benavides” respondía la profesora y se negaba a informar sobre un grupo llamado “Alfaro Vive ¡Carajo!”; y claro, era la primera vez que Agustín escuchaba esos nombres.
Unos minutos después, nuevamente la capucha y la camioneta que empieza a rodar, así, despacito mientras se alejaban de los gritos de la mujer que se iba muriendo bajo la paliza de los mercenarios. Un par de días después, lo dejarían a él también, medio muerto, a la vera de un camino. Poco después, recuperándose sobre su vieja hamaca, escucharía que allí cerca, por Rocafuerte, habían encontrado un cuerpo desfigurado. Agustín no pensó nada. No quería pensar…
Más de tres años después, lo fueron a buscar. Lo encontraron arruinado. La tortura lo había imposibilitado para trabajar y su familia lo había dejado porque su mente no dejaba de recorrer, una y otra vez, aquella noche de terror. Que querían que repita, ante el Congreso Nacional, la historia que intentaba olvidar desesperadamente. Que su testimonio era clave para condenar a una serie de militares y policías que, al final del día, quedaron en la más absoluta impunidad. Que su caso era uno más en la larga lista de los Escuadrones de la Muerte y las incontables sombras que aún deambulan por los insondables archivos de esta justicia que nunca llegó… (O)