Presencia de una comunidad

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Se celebra en estos días y mediante distintos actos, ciento treinta años de presencia y obra en Cuenca, de la Comunidad de las Hermanas Dominicas. Llegaron a esta ciudad a fines del siglo XIX -en 1889- y desde allí han sido parte importante en la vida de la urbe. Hoy existen en la ciudad y en la provincia numerosas instituciones que trabajan en el campo de la salud brindando su aporte desinteresado y solidario. Pero no siempre fue así. Por ello a fines del siglo XIX, el aporte en obras de educación y salud de parte de esta Comunidad fue un paso de enorme significado.
Las Hermanas Dominicas de la Inmaculada Concepción- hoy más conocidas como Catalinas- vinieron al país con dos finalidades. Atender a los enfermos de la lepra y contribuir a la educación de los niños, especialmente de la periferia de la ciudad. La lepra era en aquel entonces una enfermedad que socialmente generaba marginación extrema para quienes lo padecían. Falsas creencias sobre este mal y desde luego el poco avance sobre el conocimiento de ella, hacían que las personas que la sufrían fueran abandonados, no solamente por la sociedad sino a veces incluso por la familia ante el peligro de contagio. Hay relatos de comunidades de leprosos viviendo en los alrededores de la ciudad, en aquel entonces. Comunidades relegadas a su suerte y sin ningún apoyo.
Los nuevos conocimientos médicos y la presencia de facultativos fue, junto con la obra de las Dominicas, un aporte fundamental para mejorar las condiciones de vida de los enfermos. Esa obra en el campo de la salud se amplió a la educación con la creación de escuelas y colegios en Cuenca y en otros cantones. El aporte a la formación de la mujer, en tiempos en que no existían establecimientos públicos femeninos, fue igualmente notable. Por todo ello es que el homenaje que se brinda a esta Comunidad es un justo reconocimiento a una labor de más de un siglo.