Sinfonía andina en fiesta por 20 años del patrimonio

En San Francisco hubo un encuentro musical. Orquesta andina y seis cantantes dieron un concierto de vientos, cuerdas y voces líricas en el festejo... El concierto de la noche del domingo, en la plaza San Francisco, para celebrar el vigésimo aniversario de la declaratoria de Cuenca como Ciudad Patrimonio de la Humanidad, resonó como una sinfónica, o casi: solo que en vez de violines y violas hubo charangos y guitarras; en vez de fagots, trombones y flautas traversas, quenas, rondadores y zampoñas. Eran los músicos de la Orquesta de Instrumentos Andinos, de Quito.

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Parte de la Orquesta de Instrumentos Andinos que actuó la noche del domingo. AVB

En San Francisco hubo un encuentro musical. Orquesta andina y seis cantantes dieron un concierto de vientos, cuerdas y voces líricas en el festejo…

El concierto de la noche del domingo, en la plaza San Francisco, para celebrar el vigésimo aniversario de la declaratoria de Cuenca como Ciudad Patrimonio de la Humanidad, resonó como una sinfónica, o casi: solo que en vez de violines y violas hubo charangos y guitarras; en vez de fagots, trombones y flautas traversas, quenas, rondadores y zampoñas.
Eran los músicos de la Orquesta de Instrumentos Andinos, de Quito. Su sonido, una orquesta moderna con aires andinos, una fusión ensamble de espíritu ancestral y ritmos contemporáneos, marcados por una percusión incesante, fuerte y por los instrumentos de cuerda que, vibrando aceleradamente, al ritmo de géneros como la bomba y malambé, emocionaron al público.
Con los arreglos musicales del maestro Segundo Cóndor y la voz de la soprano Vanesa Freire ejecutaron la “Vasija de Barro”, con un sonido algo distinto al original aunque con el mismo espíritu: con sabor arcilla, notas musicales graves de zampoñas unidas a la voz de la cantante, “hasta que la vida se pierda tras una cortina” del tiempo, hasta que se se pierda en el barro y en polvo.
Del compositor Luis Alberto Valencia vino la canción “Azul” y, de Francisco Paredes Herrera, cantada por Verónica Tola, “Anhelos”, en la que el amado quisiera ser el cinturón de armiño que aprieta la cintura de su dama.
El concierto demostró que no solo se puede sinfonizar guitarras, requintos, mandolinas, sino también acompañar a ellas las voces de sopranos, barítonos, tenores, como antes Vanesa; luego, Diego Zamora, que cantó el yaraví “Puñales”, de Ulpianio Páez; María Rosa Jerves, que puso voz a “Avecilla”, de Nicasio Safadi; Andrés Pineda a “Romance de mi destino”; y también Fernando Capel.


Después los artistas volvieron al escenario de luces rojas y violetas para cantar, esta vez, en dúos, la canción donde la piedra se desmorona y el calicanto falsea y luego el “Pasito Tun Tun”.
Avanzado el concierto, los seis cantantes líricos se unieron para cantar a una sola… “Cómo dicen que no se goza” y “El toro barroso”, bajando del cerro”. Vanesa, de rojo, como capa de torero; Verónica y María Rosa, de blanco; los varones, de gris y negro. El público, numeroso, aplaudía.
El alcalde Pedro Palacios tuvo un breve baile con la Chola Cuencana. Todos los ecuatorianos somos orgullosos de esta ciudad, proclamó el director de la orquesta, Leonardo Cárdenas.
El público pedía a gritos otra canción. Instrumentistas y cantantes volvieron al escenario para emprender con el “Por eso te quiero, Cuenca”, alabanza musical a la tierra de doctores, chapas pitadores, cuyes asados, Zhumir y mote pelado”. Siguieron con la Chola Cuencana, capullo de amancay, de las tierras bañadas por las aguas del Yanuncay donde llora el rondador y chisporroteaba la pirotecnia del castillo a pesar de la garúa.
“Sonoridad Intangible” se llamó el concierto, una sonoridad que no se tocaba pero que todos sintieron y gozaron (AVB)-(I)