Política, música y cordillera unen a los sudamericanos en un solo canto

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“Los Kjrakas” cantaron en medio de un escenario lleno de color.

Por-Jessica Pesántez/Connecticut

Son las ocho de la noche en Danbury, Estados Unidos. La fila es larga, abultada. Hay bulla, desorden, incertidumbre, pero sin comparación alguna con la cantidad de gente manifestándose por estos días en las calles de Bolivia. Los comentarios de la tensión política en ese país discurren entre los rumores que salen de un grupo que canta en esta noche.

Se alcanza a escuchar que esperan que no haya abucheos o peor aún que se interrumpa el concierto de música folclórica boliviana. El conocido grupo del país del sur “Los Kjarkas” cumple cuarenta y ocho años de trayectoria musical y realiza una gira por varios escenarios del país del norte. Eso es lo que dicen los volantes y posters pegados en las paredes del lugar donde se desarrollará el evento.

Volantes y posters de publicidad del concierto pegados al interior del local del evento, “La Canchita”.

Los rumores de que en Washington y Virginia se suspendieron los conciertos se mezclan con  frases como “permiso, déjeme pasar” (…) “acá los de admisión general” (…) “acá los de vip”.

Retumba un “mi amigo no vino, perdió la entrada”, porque dice que no apoyará a este grupo. El hombre dice que son “masistas” (haciendo referencia al partido Movimiento al Socialismo-Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos (MAS-IPSP), con el cual Evo Morales estuvo en la Presidencia de Bolivia por alrededor de trece años.

Entre el contexto político y en un pequeño espacio ecuatoriano llamado “La Canchita” que conjuga un restaurante, un bar y una pista en una cancha de cemento con las dimensiones reglamentarias para un partido de indor fútbol, está por empezar la presentación de “Los Kjarkas” en esta ciudad.

 Desfilan parejas, grupos de amigos. Hay quienes se encuentran por casualidad. Las personas que compraron entradas vip y súper vip, las más costosas, son las primeras en acceder. El resto espera en largas filas. El frío se cuela por las puertas que se abren cada dos segundos para que ingresen nuevos espectadores.

La gente espera a las afueras del escenario para ingresar al concierto.

Personas con ponchos y sombreros van y vienen. Estas coloridas vestimentas llaman la atención mientras se advierten los colores y los olores de los churrascos, salchipapas, patacones y carnes asadas que van en manos de las meseras de impecable ropa blanca y negra.

Desde afuera se escuchan las pruebas de sonido. Por allí suena el rondador, la quena, retumban los parlantes. La gente grita, quiere entrar, se emociona.

Un estricto filtro de seguridad se aplica en los registros. Las personas entran. El escenario brilla con luces blancas y azules, el ambiente es cálido pero aún no se acopla a la temperatura de la fría estación otoñal.

“¿Dónde están los colombianos?” Unas setenta personas levantan las manos para responder al animador que empieza a recibir a la gente, y sigue con la misma pregunta nombrando las diferentes nacionalidades. Los peruanos son mayoría con respecto a los colombianos. Y continúa por los migrantes del país de origen de los cantantes. Son muchos bolivianos los que han llegado. Con una explicación lógica, al ser Danbury una de las ciudades con mayor presencia de migrantes ecuatorianos dentro de los Estados Unidos, se observa que la mayoría de asistentes son de Ecuador y quienes con brincos y gritos se levantan en respuesta al animador para reafirmar su presencia.

Un concierto ha reunido al menos cuatro nacionalidades en un pequeño escenario. Los aficionados esperan la hora. Los organizadores creen que aún no ha llegado el momento de escuchar música folclórica dentro de la cancha fría cerrada con techo de acero.

Suena salsa, unas cuantas parejas se ponen de pie y empiezan a bailar. Luego viene cumbia y al parecer la mayoría no ha notado que ya ha pasado casi una hora y media.

El reloj sigue marcando el paso del tiempo. La gente ha esperado dos horas pero el aburrimiento no atrapa a nadie. Sobresalen las parejas de norteamericanos bailando con sus esposas latinas. Ellas lo disfrutan, ellos intentan adaptarse al ritmo latino. Diversidad es el adjetivo que cabe en este evento.

El piso empieza a temblar, pero es la emoción de la gente bailando la música que sale de los parlantes. Bailan al ritmo de “whiskisito”, un ritmo folclórico ecuatoriano.

Entre los espectadores, su casaca café, el sudor que recorre su cara, el piso tembloroso y huyendo de la cámara está una ecuatoriana que realiza una actividad que la mayoría creería que no existe acá, más aún después de abandonar el Ecuador. Ella vende maní de dulce y sal empacado de la misma manera en que se lo oferta en Cuenca durante la venta ambulante. Apenas le quedan unos cuantos en sus manos. Al parecer solo terminará de vender y se retirará.

Son las once de la noche, se apagan las luces. De poncho blanco con detalles en negro salen “Los Kjarkas” al escenario. Suena “El árbol de mi destino” en la voz de los seis protagonistas. Entre el canto de la gente y los instrumentos empieza una de las manifestaciones del folclor boliviano, que levanta su voz en el norte mientras en el sur del continente el país lidia con una situación social marcada por problemas políticos, manifestaciones y represión, como también ha sucedido en las últimas semanas en Chile, Ecuador y ahora también Colombia.

“Los Kjarkas” cantan la primera canción: “El árbol de mi destino”.

Termina la primera canción. Las personas aplauden, se ponen de pie. Los músicos agradecen y continúan. Suena “Morenada”, un ritmo folclórico autóctono de Bolivia. Entre los ponchos blancos unos coloridos sombrereros con trajes brillantes, los danzantes de la noche en el escenario, complementan la canción que suena en ese momento.

Atrás de los seis integrantes del grupo hay dos hombres casi imperceptibles vestidos de negro. El ángulo de las luces los mantiene de incógnito hasta que su presencia es sonora cuando inflan sus pulmones para soplar una zampoña gigante cuya dimensión es casi proporcional a sus cuerpos.

Vibran los parlantes y las emociones de los aficionados. Todos se ponen de pie cuando suena “Wayayay”. Una bandera ecuatoriana se despliega y abraza a toda la afición localizada en la zona más cercana al escenario. El piso tambalea con mucha fuerza, parece que el cemento cede a tantas emociones.

Flamea la bandera roja y blanca de Perú y desde allí sale alguien con un bastón de luces con una blusa de flores, tacones perfectos, peinado y maquillaje bien pulido. Toma fotos a los asistentes, baila, disfruta. No podemos saber su nombre, porque se lo reserva, aunque posa para la cámara. Este personaje solo reafirma la diversidad que logró reunir un concierto de los ritmos procedentes de la región andina.

Hay un ambiente de diversión. El concierto de música folclórica está por terminar. Son las 00:36 y ha caído la madrugada. Se corea la solicitud de “otra, otra, otra”. Pero no regresaron al escenario. Algunas personas se retiran, otras se quedan y bailan al ritmo de la música que pone el animador del evento. En medio de la diversidad y la diversión se quedaron las tensiones y posiciones políticas y se reafirma que Sudamérica y en especial los países de la región interandina tienen una sola arteria que les une: la cordillera que llega al punto máximo del pálpito cuando se manifiesta en sonidos.