Entre muertos y vivos

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Decenas de familiares de los difuntos visitaron a sus seres queridos el cementerio del cantón Santa Isabel, el sábado anterior.

Como si los escucharan, como si los vieran, como si los tocaran, como si sintieran que les reciben las flores, como si la luz de las velas que les ponen alumbrara las cuencas de lo que fueron sus ojos y volvieran a verlos, como si el eco de sus oraciones retumbara en el algún rincón del infinito y ellos les agradecieran…

Ese día, el Día de los Difuntos, como si los muertos en algún lado que no tiene bordes ni profundidades se concentraran para ver a sus seres queridos.

Es sábado 2 de noviembre. La temperatura bordea los 28 grados centígrados, pese a que unas pocas nubes hacen sombra.

Vendedores de velas las ofrecen a un dólar, otros ofrecen helados, sombrillas, otros coronas celosamente elaboradas, otros colada morada y guaguas de pan, otros agua helada, otros refrescos, otros flores que ya comienzan a marchitarse, aun las artificiales como que comienzan a empalidecer.

La Ladera, la Sagrada Ladera, porque el cementerio es una ladera, luce llena. No hay dónde estacionar los vehículos en la vieja vía que la cruza. Esa vieja vía por la que obligadamente bajan los muertos para su morada final, unos llevados en hombros, los más en vehículo, en medio de susurros, de recuerdos, de llantos (los más sin brotar) y de oraciones sin terminar.

El alcalde de la ciudad ha mandado a pintar las bóvedas, la capilla, el muro frontal del cementerio. En algunas bóvedas, gotas de pintura se han esparcido por las lápidas. En las paredes laterales han pintado un Cristo rezando, en otras un Cristo resucitado, en otras ángeles.

La administración municipal hizo algunos arreglos en el “viejo” camposanto. Entre las pinturas figura la de Cristo resucitado.

Las pinturas lucen porque son grandes; lucen por lo bien elaboradas; lucen porque le dan vida a esos conjuntos de bóvedas en cuyos interiores, geométricamente divididos, reposan los restos mortales de los que cruzaron el umbral de la vida y “duermen el sueño eterno”.

Son pinturas de “Tucotatto” Alvarado Carrión, y por las que la gente, sobre todo en Facebook (en estos tiempos, por dónde más), ha felicitado -¡quién lo creyera!- al alcalde, a la vicealcaldesa, aunque no al pintor.

En algunas de esas bóvedas hay espacios vacíos. Han sido “desocupadas”. Como que “huelen” a silencio, como que sienten alivio después de años de oscuridad. La gente veo que las ve con recelo; y en la profundidad de su sentir como que si meditando dijera vivir, vivir, para reposar ahí para siempre. Como lo dijera muchos años atrás un amigo al sepultar a otro: “morirse para siempre”.

En otras están frescas unas bóvedas recién cerradas. Se las descubre por las fechas trazadas en el cemento fresco. Entonces comparto con un amigo mi imaginación. Le digo: cómo estarán los gusanos en su festín en el lento proceso de descomposición de los cadáveres; y cómo será luego su canivalesco proceder cuando ya no quede nada. Mi amigo apenas me responde con una mueca de desconcierto.

En medio de tanta sombrilla, de unos cuantos árboles, de unas plantas, medio marchitas, medio florecidas, los que llegaron al cementerio para honrar a sus seres queridos se entrecruzan, se saludan, intercambian recuerdos de sus respectivos finados.

Unos suben, otros bajan por esa Sagrada Ladera. Otros la cruzan de lado a lado. No hay senderos definidos. Quien cae o resbala, bien caído o resbalado está.

Llevan flores, llevan velas. Unos se han vestido de luto; otros de “ropa liviana” para “no morirse de calor”. Algunos me dicen que la víspera hubo similar movimiento, que incluso muchos quisieron amanecerse “junto a sus muertos”, pero que la lluvia les frustró la promesa o el deseo medio espiritual de dormir con sus muertos, a lo mejor de hablarles, a lo mejor de decirles cuánto les amaron, aunque que en vida no se atrevieron a decírselos…

Sentados, hincados, rezan, se santiguan, se dan “golpes de pecho”. Encienden las velas cuya luz se extingue por el viento; otras pronto se derriten; otras que quedaron están agobiadas, otras yacen en el piso.

Algo similar debe estar pasando en otros cementerios de medio mundo, me digo, mientras miro a otros asirse a las protecciones metálicas de las lápidas y agachar sus cabezas frente a ellas; pero solo ellos, solamente ellos, saben qué dicen, que sienten, que nombran. Luego alzan la mirada como buscando una esperanza, la resignación; o, a lo mejor -pienso yo- tratando de descifrar los misterios de la resurrección de los muertos, su reencarnación, o que son energía cósmica. O, ¿qué?

Los que van llegando se apresuran, según el caso, a limpiar los nichos, las bóvedas, los túmulos. Pernoctan ahí. Comentan sobre la misa que acaba de dar el sacerdote “en medio de semejante sol”.

Unas de las pocas tumbas, cavadas “a pico y pala”, tapadas únicamente con tierra.

Ah, sí, la misa; la misa que ha congregado a la mayoría de concurrentes. Cantan, rezan, se dan la paz, comulgan, se santiguan, alaban a Cristo, a sus santos habidos y por haber.

Noto, entre los que están a mi alrededor, que cada quien eleva una plegaria por sus muertos, los nombran, y como que al final de la misa se compungieran más; y más todavía cuando el sacerdote, que tiene acento chileno, dice: “…creo en la resurrección de los muertos…”

Mientras aquello paulatinamente ocurre, subo y bajo por la “Sagrada Ladera”. Leo lápidas: nombres, fechas de cuando ocurrieron los fallecimientos. En unas hay tantos corazones de mármol cuantos hijos tuvo el muerto. Solo que estos corazones son fríos, me digo. Están escritas, unas con letras de molde, artísticamente talladas; otras, apenas garabateadas con pincel.

En otras veo grabados los rostros de los muertos, o cuando menos sus fotografías. Los más me son conocidos. Amigos los más, familiares también. De otros me entero que han muerto; de otros cuyos restos han sido llevados a otro cementerio; de otros que han desaparecido; encuentro una tumba que me recuerda al guardián nocturno del pueblo: un hombre que asistía a todo velorio. Cuando él murió no tuvo compañía.

Ah, y noto que se han construido bóvedas familiares, unas más lujosas que otras, impenetrables las más; igual se han levantado mausoleos revestidos con fina porcelana. Brillan con la luz del sol; pero de noche deben ser fríos.

Reconociendo que aquellos son legítimos derechos, alcanzo a ver un túmulo. Es un túmulo “a la antigua”, me digo; pues fue cavado a “pico y pala” (mientras más hondo se cavaba la fosa, mejor decían deudos y amigos); sobresale el montículo de tierra, cascajo lo más, en cuya parte posterior luce una pequeña cruz de madera ya envejecida por el paso inexorable del tiempo.

Una señora de cabello ensortijado, de negro vestida, con la mano en la mejilla reza ante a esa humilde tumba, en tanto yo, que comparto ese momento con una pariente, parodiando una canción popular (“chichera, dicen algunos) le comento que una fosa así es suficiente “para lo mas de cuatro tablas”. Ella asiente que es así. Y “reímos entre dientes”.

La gente regresa, pues la vida para los que están vivos aún continúa. Como que el cementerio recobra su silencio habitual, su soledad habitual. Ahí se quedan los muertos.

Desde una pequeña loma, por última vez diviso el cementerio: como que ya está lleno, como que ya no da cabida para más muertos.

Me imagino cómo lucirá al siguiente día: solitario, con flores marchitas, otras ya muertas, con velas consumidas, con el agua evaporándose, con el retorno del polvo, de la hojarasca, a lo mejor con el murmullo de voces que solo oídos ultrasensibles lo escucharían.

Entonces recuerdo el verso del poeta Gustavo Adolfo Bécker: ¡Dios mío, qué solo se quedan los muertos”. (I).

Por Jorge L. Durán Figueroa
Redacción El Mercurio