Homenaje al ocio

Claudio Malo González

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Una visión superficial lleva a creer que, siendo lo esencial de la vida el trabajo, el ocio es una pérdida de tiempo. Quizás esto sea válido para los robots que están dejando el universo de la ciencia ficción, pero para el común de las personas, el ocio es un complemento indispensable, es un espacio para la creatividad la práctica la libertad, al margen de las normas rutinarias. Son actividades cuya meta única es la satisfacción personal, el disfrute. No es tan solo un complemento del trabajo sino una realización placentera.
Las fiestas que ayer concluyeron tienen propósitos concretos, en la práctica es una ampliación organizada del ocio, al margen de los formalismos oficiales. Se intensifican actividades para el disfrute y se respira un aire de placer acompañado de una obligación de gozar de la vida frente a la amenaza del aburrimiento, enemigo mayor del ocio. Las oportunidades se multiplican; además de la liberación de los horarios de trabajo, se siente la necesidad de no desperdiciar las ofertas informales ajenas a la obligación. Aunque suene a contradicción, la práctica del ocio es una obligación.
En algunos casos es la oportunidad para viajar a sitios diferentes para hacer una pausa placentera. Permaneciendo en nuestra ciudad, las opciones de espectáculos pagados, como el circo, se amplían. Además, en nuestro caso, obligaciones prosaicas y repetitivas como las compras, se tornan gozosas en las ferias a las que todos pueden ir sin obligación alguna, a compartir un deleite generalizado, sin que hayan obligaciones de por medio. Igual ocurre con los desfiles que se miran con deleite. El gran homenajeado de las fiestas es el ocio. (O)