Diálogo de sordos

Juan F. Castanier Muñoz

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Si dos personas, vendedor y comprador, se citan para hacer negocio de un vehículo, se requieren dos condiciones: primero, que el vendedor esté dispuesto a bajarse del precio fijado y que el comprador tenga la decisión de subirse del precio ofertado inicialmente y, segundo, que el vendedor tenga confianza en que el comprador va a cumplir con las condiciones de pago y que, el comprador tenga seguridad de que está adquiriendo un vehículo en buenas condiciones mecánicas. Si el vendedor está pensando en que no va a rebajar “ni un centavo menos” de lo previsto y el comprador que no va a pagar “ni un centavo más” de lo ofertado, pues seguramente no va a haber negocio y, peor aún, si hay desconfianza mutua entre los actores y, como sucede en buena parte de transacciones en el país, el negocio o el diálogo se convierten en un concurso de “quién hace pendejo a quién”.
El famoso diálogo planteado después de las movilizaciones de octubre tiene un entorno poco deseable y, parte justamente de que los actores, o por lo menos uno de ellos, el sector indígena, quiere imponer sus condiciones y sus reglas, hasta el punto de proponer la creación de un ejército propio solo para la defensa de los indígenas, la liberación de los detenidos por los actos de vandalaje y saqueo, y la propuesta de un nuevo modelo económico para el país que debe, a no dudarlo, partir de las directrices del señor Pablo Dávalos, quien funge como asesor principal de la dirigencia indígena. Por otro lado, un ejecutivo que da la imagen de querer solventar el hueco fiscal a toda costa y en cuya agenda está el de procurar evitarse nuevos “chivos” sociales en el futuro.
En medio de este escenario, la gran mayoría de ecuatorianos asistimos con muchas frustraciones a un drama cuyos responsables los tenemos identificados de sobra pero cuyas soluciones no vislumbramos, mientras los matices ideológicos retrógrados, las conveniencias grupales y los cálculos electorales, sean el telón de fondo para cualquier intención de diálogo. Si no somos capaces de capear el temporal, ¿quiénes pagarán los platos rotos en el futuro? (O)