El grito

Andrés F. Ugalde Vázquez @andresugaldev

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Han pasado ya varios días desde que el pueblo alzó su voz en las calles. Y no quiero insistir en análisis coyunturales. Quiero, por el contrario, comprender ese punto de inflexión en el que se cambió la gramática de la política, como diría Holloway. La certeza de que, en el génesis de la lucha, no está verbo, sino el grito. El grito de horror. El grito de rabia. La indignación ante la mutilación de la democracia. Ante el abuso del patrón. Ante el hambre, la corrupción y la discriminación. Ante la impunidad por la que los responsables de la catástrofe se protegen mientras se encarcela indígenas, se persigue obreros y se silencian opiniones. Cada vez es más difícil mirar las noticias sin sentir dolor. Por eso nuestro grito cambia cada día, según el recuerdo de la última atrocidad.
Y sin embargo, el grito cae con demasiada frecuencia en un vació de silencio. Decenas de argumentos se construyen por los tecnócratas del poder para anularlo. Para desacreditarlo. ¿Porque protestan? ¿Es su edad? ¿Su estrato social? ¿Será por su ideología política? ¿Cuál es el interés? Y de pronto, el grito se convierte en objeto de análisis. “Es que el pueblo entiende poco sobre estos asuntos…” dirían los asesores. Además, ¿acaso no saben que gritar no es políticamente incorrecto? Y así, poco a poco, el grito se disuelve en el monótono lenguaje del poder.
Por eso es esencial no dejar que se apague. No nos importa que nuestra protesta se convierta en un constructo científico. Es nuestro grito. Es nuestra protesta. Es nuestro dolor. Son nuestros muertos. Y sí, ya Holloway diría que somos moscas atrapadas en una telaraña. En una red de ambiciones del que sólo podemos liberamos cortando los hilos. Pero cuidado, porque las metáforas son peligrosas. La mosca no construyó la telaraña. Nosotros sí. Por eso gritamos. Porque no aceptamos la inevitabilidad de la miseria. La sentencia brutal que dice: “no hay escape”. Nuestro grito es un rechazo a ser víctimas. Queremos tomar partido por la mosca atrapada. Por ese grito que escuchamos tras una década de silencio y amnesia obligatoria.
Un grito de furia. Un rugido: ¡Basta ya! (O)