Teoría del vándalo

Rincón de Cultura Jorge Dávila Vázquez

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Advierto, amigos, que no soy ni psicólogo, ni antropólogo, ni sociólogo, por tanto, las opiniones vertidas en esta columna son las del simple observador, que mira lo que está ocurriendo, y que se permite expresar su criterio, sin ningún afán de imponerlo ni nada parecido.
Siempre que se dan movimientos masivos de carácter social, de entre los que participan por convicción, necesidad de justicia, derecho a la protesta, surgen pequeños grupos feroces, que causan daños a los bienes públicos y privados, que se ensañan con algunos de ellos, los pintarrajean, manchan, destruyen, incendian, al tiempo que generan caos. Estos grupos han sido, son y serán los integrados por ese tipo de personas desadaptadas a las que se denomina vándalos.
¿Qué es un vándalo, tan peligroso, tan agresivo, tan atacado por la mayoría de la gente? A mi modo de ver, nada más que un desadaptado. Esa falta de acoplamiento al medio ocurre tempranamente, cuando el niño rechaza las formas de vida de su familia y se va convirtiendo, poco a poco, en una pequeña plaga. Luego, es como Calvin, el personaje del comic de Bill Waterson, que sueña con incendiar la escuela, con tal de no cumplir con sus mínimas obligaciones.
En el colegio vive de la resistencia a sus profesores y de enfrentamientos con sus compañeros -algunos de los cuales terminan por compartir su actitud, formando grupos que rompen con los principios de orden, disciplina, deberes, respeto, en busca de una supuesta y anárquica libertad.
Las agresiones son tempranas y disimuladas, los vándalos nunca dan la cara, en el golpe, el pinchazo, la destrucción de materiales didácticos de la institución o de sus condiscípulos. Y conservan esa tendencia a lo largo del tiempo. Por eso cuando se infiltran en manifestaciones de masas, y lanzan piedras y otros proyectiles, queman autos, cajeros automáticos, rompen parabrisas o participan en saqueos, con auténticos delincuentes, siempre están como enmascarados, con el rostro envuelto en una camiseta o alguna otra prenda, y no precisamente por temor a los gases, si no a mostrarse ante el mundo.
Para mí, esta es la triste historia de los vándalos, su desadaptación histórica, humana, familiar, social… ¡Quién sabe, quizás carencia de afectos verdaderos! (O)