Destrucción de la ciudad

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Las grandes perjudicadas del vandalismo en las manifestaciones de los últimos días son algunas ciudades del país y, entre ellas, sobre todo Cuenca. Hubo por parte de quienes destruyeron calles, avenidas y edificios, una intención deliberada de atacar los bienes urbanos. Mientras los líderes de las manifestaciones pregonaban la necesidad de expresarse en forma pacífica, grupos de personas -infiltradas según dijeron esos mismos dirigentes- hacían todo lo contrario. Imágenes captadas por los medios de comunicación y por ciudadanos particulares dan cuenta del nivel de saña con que unas pocas pero bien entrenadas personas agredían y destruían.
Los momentos de tensión política como son los de los últimos días van aparejados frecuentemente a expresiones de violencia. Estas no alcanzan a ser controladas por quienes lideran los movimientos sociales. Buena parte de las veces esos dirigentes son sobrepasados por la acción de grupos violentos. Al mismo tiempo es evidente que un número creciente de delincuentes ven en esas manifestaciones cívicas una gran oportunidad para robar, saquear y destruir. Y, no faltan quienes descargan toda su amargura contra los bienes de la ciudad.
Las imágenes de la violencia de estos últimos días son patéticas. Encapuchados destruyendo calles y veredas. Destrucción de sitios históricos. Grupos amenazantes, armados de palos y armas. Una persona armando con alambres metálicos, trampas mortales para decapitar a motociclistas. Obviamente no son gente improvisada. Son personas que saben lo que hacen y están entrenadas. Los líderes de las manifestaciones no pueden permitir que eso ocurra. Cuenca sufrió un vandalismo criminal. Los responsables – varios identificados con fotografías-deben ser castigados. No tienen justificación para lo que hicieron. Y, la ciudad- sus autoridades- deben buscar los mecanismos para que esta agresión no vuelva a darse.