Crece la violencia

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El país vive una escalada de violencia. Esta semana se inició con saqueos en varias ciudades y en zonas rurales. Transportistas y ciudadanía enfrentados. Indígenas enfrentados con quienes no lo son. Resurgimiento de racismos y revanchismos. De la protesta y la resistencia pacífica se ha pasado en numerosos casos al vandalismo. Las ciudades están bloqueadas y la gente sufre por escasez de gas, alimentos y transporte. Quienes sufren más las consecuencias son los más pobres. La ciudadanía ha perdido el derecho a la libre circulación por el territorio nacional, por la toma de vías. Bandas de delincuentes asaltan y saquean.
Secuestrar a los ciudadanos impidiéndoles movilizarse es hoy una lamentable realidad. Hay casos desesperados de personas que debieron permanecer tres o cuatro días sin poder retornar a sus hogares porque las vías se cerraron. Al parecer nadie piensa en que también ellos son ecuatorianos y de recursos bajos, que no pueden pagar un pasaje aéreo ni tienen dinero para permanecer fuera de sus hogares. Una cosa es hablar de resistencia pacífica y de derecho a la protesta y, otra muy diferente, perjudicar severamente a quienes menos tienen. Ellos-los que menos tienen que son los más afectados, pues reciben un doble golpe: el de las medidas económicas y el del cierre de vías, con la imposibilidad de movilización y la especulación con los precios de los alimentos.
Crece la violencia de parte y parte. La escalada de violencia se sabe cómo y por qué comienza, pero nunca se sabe cómo termina. Del movimiento de los transportistas -ellos mismo lo dijeron- se aprovecharon otros grupos para generar violencia y vandalismo. Igual ocurre con los indígenas. Hay grupos políticos que callaron durante el correísmo y que hoy están tratando de pescar a río revuelto. No se puede seguir atizando el fuego a pretexto de defender los derechos de los pobres. Los pobres son hoy -como siempre- los que más sufren la secuela de lo que está ocurriendo.