Amistad y memoria

Jorge Dávila Vázquez

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Rincón de Cultura

La muerte de Fernando Estrella Aguilar, constituye un tremendo dolor para todos los que lo conocimos y quisimos, y ha removido mis recuerdos.
Yo tendría unos 15 años cuando empecé a trabajar en el Banco del Azuay como “meritorio”, lo que los más realistas y objetivos llamaban “guambra pasa papeles”. En realidad, nuestras labores eran bastante cotidianas y humildes: pasar documentos, cheques, recibos de una ventanilla a un escritorio, de una oficina a otra y volver con tareas parecidas, ordenadas por unos y otros jefes.
En general, las personas con las que laborábamos eran cultas, gentiles y hasta demostraban una amistad que, en ciertos casos, duró por toda la vida. No faltaban las excepciones de los altaneros que nos trataban groseramente, casi como a peones, hasta que un superior humano y bondadoso como Virgilio Jerves Núñez o Manuel Jaramillo Malo salían en defensa nuestra y les ponían en su sitio.
Hay mucho que evocar de esa, cada vez más lejana época juvenil, en que hacíamos nuestros pininos laborales.
Fernando era un poco mayor a mí, y desempeñaba ya puestos de cajero tanto en Cuentas Corrientes como en Ahorros, y apenas nos conocimos -igual que con Eduardo Espinosa (+) Mariano Solano (+), Justo Gómez (+), Manuel Cisneros (+), Guido Peñaherrera, Luis Cordero Calle o José Solano- hicimos grande y duradera amistad. Con Fernando y Luis Cordero nos unió la afición al teatro y al cine. Los tres fuimos parte de ATEC. Recuerdo la constancia y fidelidad de Estrella con el grupo, pese a que se negó sistemáticamente a actuar, y en su única participación no le fue tan bien. Paco Estrella y Edmundo Maldonado dirigían “Esperando al zurdo” de Clifford Odets, sorprendente obra norteamericana sobre una huelga general, movida por pensamiento socialista. Fernando venía a ensayos con mucha frecuencia, le propusieron alguno de los papeles, que no eran muy largos, no aceptó. Edmundo le engañó y dijo “bueno, entonces siéntate en el público, junto a Rubén Villavicencio, y cuando él intente subir al escenario, le detienes”. Fernando no sabía que era solo un amago, y se esforzó bravamente en detener al furibundo líder que desenmascaraba a los traidores. Por poco sale mal parado… ¡Mejor recordarle con una sonrisa, amigo bueno!