Prestar juramento

Andrés F. Ugalde Vázquez @andresugaldev

191

La realidad es incuestionable y abrumadora: Venezuela se desangra. Y nadie queda para defender el espejismo de la revolución bolivariana (¿ciudadana?). Los últimos fanáticos han desaparecido ya en el humillante autoexilio de la corrupción. Sin embargo el daño está hecho. La economía y la democracia venezolana están en girones. Y a estas alturas, tras casi dos décadas de naufragio, resulta difícil recordar cómo empezó. Encontrar la punta del ovillo. El inicio del camino que los condujo al abismo.
Sin embargo, se me ocurren un par de momentos cruciales: Aquel 1999, cuando un joven militar recién electo presidente, se juramenta diciendo “…sobre esta moribunda constitución…”. ¿Una sutiliza del discurso? Lejos de eso. Un símbolo inequívoco de un hombre que asumía la defensa de una Constitución que despreciaba. Y lo hacía ante un parlamento que decidió, en ese momento crucial, callar y sacrificar el destino de su pueblo. Un segundo momento, inequívoco también, aquel en el que un caudillo populista capitalizaba a su favor las décadas de frustración de un pueblo que ya no creía en la política tradicional. Dos elementos que, combinados, sedujeron a ese pueblo que, por su propia voluntad, decidió lanzarse por el despeñadero.
Historia, además, repetida (tal vez con menos dramatismo) en otras latitudes de nuestra mansa América Latina. Difícil será olvidar aquella ceremonia en la que Correa omitía, en su juramento, la defensa de la Constitución. Un mandato asumido como un cheque en blanco ante un pueblo agotado tras treinta años de pobreza, corrupción e inestabilidad. Un gobierno (revolucionario decían) que erradicó las viejas prácticas de la política para sustituirlas por otras quizá peores.
Y claro, la historia conmueve. Pero también preocupa. Preocupa porque se resiste a ser historia y se mantiene como un porfiado presente. Una obstinada idiosincrasia que sigue buscando líderes providenciales. Ya la Argentina, que logró sacudirse el azote, tambalea nuevamente al borde del populismo. Brasil, buscando huir de aquel, ha caído en las manos de un fascismo feroz. Y el Ecuador, perdido en las divagaciones de un gobierno sin norte, camina nuevamente a un año electoral. Y ojalá esta vez encontremos la sabiduría necesaria para discernir y elegir (de una vez y para siempre) entre caos y la comunidad… (O)