Agresión sonora

Claudio Malo González

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Con frecuencia hemos oído decir a visitantes de otras provincias y países que la limpieza de Cuenca llama la atención –Hay que excluir la majadería grafitera- lo que nos hace sacar el pecho de satisfacción. Más allá de la eficiencia del aseo de calles de la EMAC, es evidente la colaboración de los ciudadanos que se cuidan de ensuciar los espacios públicos. No ocurre lo mismo con el ruido; estudios serios muestran que la contaminación auditiva supera los límites, a veces con grosería, con variación en distintos sectores.
Se trata de falta de educación de la gente en este campo. El tráfico vehicular es un fuerte factor; si bien ha disminuido la manía pitadora, el ruido de los motores indebidamente controlado es molesto, sobre todo el de las motocicletas que aumentan a ritmo acelerado y de músicas chirriantes de locales comerciales como una irresponsable forma de hacer propaganda y pescar clientes. Hay normas municipales que limitan esta agresión, pero consideramos que no se cumplen a cabalidad y creemos que el control es demasiado débil. Así como hay una EMAC debería haber otra que combata la bulla.
Si comparamos la ciudad con el campo en este aspecto, la diferencia es abismal. En el segundo caso impera la quietud interrumpida a veces con el “trinar de los pajarillos”, aunque la manía parlanera, con frecuencia en torres de iglesias, cambia esos deliciosos trinos con ruidos y voces desentonadas. El bullicio es propio de las ciudades, pero no cabe que sea ilimitado. Así como en el aseo de calles cooperan los ciudadanos, igual debería ocurrir con los sonidos. No aspiramos a la “paz de los cementerios”, pero sí a una razonable tranquilidad. (O)