50 años del Colegio Nacional “Santa Isabel”

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Colegio Nacional
Timoteo Abad (I), ex rector del Colegio, preside uno de los desfiles por el 20 de Enero.

Dicen que la vida colegial, amén de las responsabilidades que se tiene como estudiante, es la mejor etapa de la juventud.
“Tiempos idos que jamás volverán”, comentan los que rememoran esa fase vital que, además, es la que marca las amistades para siempre.

Esa fase la reviven en estos días los ex alumnos del Colegio Nacional “Santa Isabel”, que celebra sus bodas de oro.
Cincuenta años atrás, Santa Isabel, provincia del Azuay, era un pueblo que se lo cruzaba a pie de norte a sur y de este a oeste en pocos minutos.
La niñez de ese entonces se educaba en las escuelas “Fernando de Aragón”, los varones; en la “Isabel de Castilla” y en “La Inmaculada” las mujeres. Esta última, regentada por monjas.
Solamente unos pocos tenían la suerte de seguir la educación secundaria, sobre todo en los Colegios de Cuenca. Y si era en el “Benigno Malo”, en el “Herlinda Toral” o en el “Manuela Garaicoa”, mejor todavía.
Los más, por la condición económica de sus padres se quedaban “en casa”. Dedicados a los oficios de la época, unos; a emigrar a la Costa, otros. Fue la época en la que algunos padres de familia tenían como “filosofía de vida” el “acabas la escuela y a trabajar se ha dicho”.
Ahora que se celebra el medio siglo de fundación, muchas generaciones de estudiantes que pasaron por las aulas del plantel, incluso aquellos que por diversas circunstancias no terminaron la educación secundaria en él, reviven épocas no escritas en libro alguno, más que en el corazón y en el alma misma; y por eso, como la sangre a la herida, brotan con inmediatez que conmueve.
El cincuentenario del Colegio, después del aniversario de la cantonización de Santa Isabel, a no dudarlo es el acontecimiento histórico más luminoso registrado en la gran hoja de vida de este pueblo, el corazón del ahora tan apreciado y apetecido Valle de Yunguilla.
Aún viven, jubilados todos, unos cuantos primeros profesores fundadores. Uno de ellos, Oswaldo Ochoa Aguirre, el primer inspector general. Un encuentro con él fue suficiente para, juntos abrir el candado y entrar en la casa de los recuerdos, anécdotas e historia del Colegio.
Quién más que él, como “chabelo de la cabeza a los pies” que es, para recordar que la creación del Colegio tiene dos etapas. La primera ocurrió entre 1965 y 1966. Mediante decreto ministerial se designó a un abogado nativo de Paute como rector, y como profesores a Rodrigo Palacios, Oswaldo Ochoa, Isaac y Germán Parra. Como secretario a Rolando Sarmiento.
Empero, el funcionamiento del Colegio no llegó cristalizarse por falta de financiamiento.
Pero la segunda “fue la vencida”. Y eso ocurrió en agosto de 1969. Las gestiones emprendidas por un grupo de ciudadanos, entre ellos Honorio Tapia Domínguez, presidente del Concejo Cantonal de Santa Isabel en ese entonces y el grupo de concejales que le acompañaron, dieron resultado tras idas y venidas a Quito. Contribuyó, y mucho, el apoyo de las autoridades de la provincia.
El Colegio, con dos paralelos, inició clases en mayo de aquel año, bajo la denominación de “Técnico Agropecuario Santa Isabel”, pero su inauguración oficialmente ocurrió el 2 de agosto de 1969.
Como rector encargado fue designado Leopoldo Peñaherrera. En calidad de profesores: Timoleón Abad Heredia, Joel Regalado, Jorge Guzmán Vintimilla y Oswaldo Ochoa. Luego se incorporaría Rolando Sarmiento. Como secretaria Rosa Juca, y como conserje Luis Rivera, el siempre recordado “Lucho” Rivera (+), el de las mil anécdotas, dichos y bien dichos como el que siempre dicen que decía “nosotros los profesores”.
La casa municipal de la época fue el primer local del Colegio. El día de la inauguración, según recuerda Oswaldo Ochoa, lucía impecable para recibir a los invitados especiales, entre ellos a las autoridades educativas de la provincia.
Pero he allí la anécdota. Un día antes se presenta a ante él “un tal tec. agr.” José Aurelio Castro, quien le dice que ha sido nombrado rector y que le presente al resto de docentes para asumir el cargo.
Tremendo susto. Como que se aguaba la fiesta. Sin embargo, informado del acontecimiento accedió a asumir el rectorado días después. Ya entrado en confianza les dijo que era “técnico agrónomo” (“tec. agr.”)”, y que venía de la provincia de Bolívar, desde donde luego llegaron como profesores, su esposa Mercedes Rubio, Eduardo Gavilanes y Estuardo Vargas.
En esa ceremonia, el sacerdote de aquel entonces, Julio César Coronel, donó al Colegio la primera campana que convocaba a los alumnos a clases y recreos, y que las recibían sentados en “pupitres universitarios metálicos”, “un lujo” para la época.
En esa antigua casona municipal, hecha de adobe, madera y teja, se fraguaron las primeras promociones de los futuros bachilleres. Pero los alumnos fundadores solamente llegaron hasta el tercer curso de Ciclo Básico. Como no autorizaron el Diversificado tuvieron que completar los estudios en Colegios de Cuenca u otras ciudades.
Ellos, medio injustamente olvidados, marcaron la ruta de decenas y decenas de promociones que suma hasta hoy el añorado Colegio, que actualmente cuenta con secciones vespertina y nocturna.
Ese vacío académico duró solo un año. Las gestiones ante el Ministerio de Educación en Quito, ciudad a la que un viaje en bus tomaba unas 12 horas como mínimo, dieron fruto.
Se aprobó, entonces, el Ciclo Diversificado. De esa forma, el trabajo desplegado por personas como Honorio Tapia, Manuel Alvarado Prado, Antonio Lloret Bastidas, Rodrigo Palacios, Oswaldo Ochoa, el rector del plantel, entre otros prestantes ciudadanos, permitió aquel logro.
Oswaldo Ochoa recuerda que Corcino Durán, en ese entonces un chabelo residente en Quito, quien dirigía nada menos que el Conservatorio Nacional de Música, fue pieza clave para conseguir aquel cometido.
En aquel legendario local, en el que años después se construyera el actual edificio municipal, se inmortalizaron las primeras hazañas, recuerdos, penas, glorias; donde el conocimiento impartido por profesores de vocación y convicción, humanistas sobre todo, germinó con éxito. Esto motivó a que los padres de familia vieran que la educación de sus hijos era la mejor herencia que podían dejarles.
Allí, como lo recuerda Oswaldo Ochoa, profesor de música y educación física a más de inspector general, se diseñó el primer uniforme: pantalón azul oscuro a cuadros de tenues rayas blancas, y camisa azul celeste. Pero como la fábrica textilera de Quito dejó de producir la tela del pantalón se cambió por la de azul.
Allí se diseñó el primer escudo del plantel. Con cruce de ideas, sobre todo las de aquel maestro, lo dibujó el entonces estudiante fundador Iván Orellana, quien también puso lo suyo. Tiene una amplia similitud al del Colegio Benigno Malo, de Cuenca.
Allí nació la primera banda de guerra, asimismo bajo la batuta del profesor Ochoa. También el himno al Colegio (letra de Antonio Lloret Bastidas y música de Rafael Sojos Jaramillo), mientras comenzaban los primeros esfuerzos para la construcción del nuevo local en terrenos adquiridos a don Moisés Romero.
Pocos sabrán que los alumnos de la época iban (íbamos) a La Unión (parroquia Abdón Calderón) a sacar piedras en los ríos para la construcción.
Y, ojo, se iba y se venía caminando. A lo mucho dándose un baño en la laguna de don Virgilio Aguirre (+), en cuyas aguas un estudiante estuvo a segundos de perder la vida. Él, un notable maestro, sigue vivo. El que lo salvó descansa en paz. ¡Qué paradoja!

Los 50 años de vida institucional del Colegio están llenos de logros deportivos, culturales y académicos. De sus aulas han salido profesionales en todas las ramas del conocimiento. Muchos son profesores. Unos llegaron a dirigirlo en calidad de rectores: Fernando Pesántez, Guido Orellana, y el actual, Marco Contreras.
Todos esos profesionales, en sus diferentes épocas, fueron educados en valores, con una férrea disciplina; pues, por mala conducta hasta se podía perder el año.
Cómo no recordar a Timoleón Abad, rector, cuya mirada, pose y “hablada” a veces, eran suficiente para imponer orden y disciplina; a Édgar Sarmiento, también rector, cuya consigna impartida a sus alumnos era que para triunfar en la vida tres cosas eran necesarias: “primero, estudiar; segundo, estudiar; y tercero…estudiar”; a Leonor Villagómez, para quien si un estudiante no sabía conjugar los verbos, sobre todo los irregulares, era la antesala para quedarse aplazado o suspenso.
Pero, por lo “especiales” que fueron, siguen perennes en la memoria Jorge Guzmán Vintimilla (el único ‘enternado´) por sus “castigos” de mandar, a quien se portaba mal, a escribir 200 o 300 veces “sabré comportarme bien en clases”, y cuyo vocabulario estaba llenó de adverbios terminados en mente; Francisco Luna Hidalgo (“Pancho Luna”), el profesor de mecánica y de las ocurrencias letales que daba y recibía; Rolando Sarmiento, el del fino humor y cuyo dictado de clases siempre comenzaba con la frase “el comercio es tan antiguo como la humanidad…”, Alberto Machuca León, quien, aún para lo más pequeño imponía la “la lógica y la ética”; Rodrigo Pazmiño, el “Chusha quiteño” siete oficios que vestía terno, gorra y zapatos de lona; Juan Parra, el de la “rosa cromática” y el “matemático puro y exacto” que exigía colocar cada número en cada cuadro. Y así….
Y así, cada promoción de estudiantes tiene sus propias historias, las de sus respectivos maestros; las de sus amores, entre ellos los no correspondidos; las de sus broncas, las de sus primeros tragos, las de las huelgas (más de una a lo mejor injusta), las del llanto y miedo por perder el año o “tener rojo” en la libreta, las de la rancladas, las de las de graduaciones, las de las giras, las de los paseos “a pata” a Sulupali y Jubones, las de los desfiles…
Son crónicas guardadas en el algún poyo del corazón de cada uno. El SÁBADO 31 DE AGOSTO los exalumnos, exprofosores, exrectores, tendrán la oportunidad de recordarlas en el gran reencuentro por los 50 años de creación del que siempre, siempre, será nuestro querido Colegio Nacional “Santa Isabel”. (F)-

Por Jorge L. Durán Figueroa.
Redacción El Mercurio-Cuenca
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