Ecuanimidad

Alberto Ordóñez Ortiz

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¡Sí!. Sin duda posible, ecuanimidad es la que con inaplazable urgencia necesita no sólo el país sino el mundo. Causa desazón presenciar como varios líderes planetarios, con Trump a la cabeza, lanzan altisonantes exabruptos, sin que importe el destinatario, y, duele más, si se trata de los más desvalidos: las familias latinas brutalmente disgregadas por obra de su implacable tozudez, explicitada en su conocida y en veces, vulgar jerigonza. En el ámbito nacional, especialmente en el político, los desajustes, los revanchismos, los excesos, son para descrédito del país, el pan de cada día.
Se olvida que el buen nombre, ese atributo supremo de la persona humana, debe ser respetado a ultranza. De allí que se torna indispensable asumir que el lenguaje tiene una incontrastable realidad material, por lo que lanzar una palabra es un acto tan transformador -tesis sustentada por la mayoría de los lingüistas- como arrojar una flecha o un proyectil de alto poder destructivo.
No sin motivo los libros tutelares de las grandes religiones -reconociendo su inmensurable poder- comienzan con esta sacrosanta expresión: en el principio era la palabra. Y, en verdad, la palabra puede insuflar vida; herir de gravedad, con frases de desprestigio y, hasta matar: la expresión de Montalvo “mi pluma lo mató”, lo dice todo.
Una palabra puede ser bálsamo, puente unión o abismo de diferencias. En ese orden, los comunicadores más que ninguna otra persona, deben hacer de la ecuanimidad el hilo conductor de sus opiniones, donde un lenguaje de altura, exento de injurias, sea su guía, porque al ocupar el ámbito público pueden causar menoscabos irreparables. Y entender que la ecuanimidad es una exigencia social y humana que nos obliga a hablar menos y decir más, y desde luego, a decir bien, a condición de que el respeto sea el fiel de la balanza. (O)