Maíz; identidad, entorno y ensueño

Tito Astudillo y A.

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La sola mención del Maíz trae, en secuencia, recuerdos de mi infancia entre eternas cementeras de maíz de diferentes dimensiones, formas, colores y aromas. Sí señor, de aromas también: aromas de la tierra sembrada, de la chacra recién nacida, de la chacra en floración, de la chacra florecida, de la chacra en tiempos de cosecha, aromas del pucón en el deshoje y las mazorcas de maíz, referente, emblema y esperanza.
Recuerdos de octubre y las grandes mingas para la siembra del maíz con los mingueros y sus yuntas, sus chicotes y bocinas y las sembradoras escogidas entre las hijas casamenteras del vecino, del compadre o del pariente, con sus grandes hermosos sombreros de paja toquilla y sus canastos de varios compartimentos para las semillas: para el maíz, para el fréjol y las habas y las cebadas y las arvejas y las pepas de calabazas; -cuatro granos de maíz y dos de fréjol a cada paso…, advertía la Madre- ; y el desayuno y el almuerzo y la merienda en la gran mesa comunal; y las mingas de la deshierba y de la cosecha, de los deshojes y de las parvas; los juegos de las “mizhas”, las chalas y las golosinas de maíz. Y nuevamente la preparación de la tierra, los rastrojos, agosto levantando jilgueros y cometas, las aradas.
El año agrícola giraba alrededor del maíz; y el año escolar también; se iniciaban las clases después de las siembras; venía la celebrando la Cruz de Mayo con los primeros choclos y los castillos de maíz recién florecidos que engrosados de frutas y flores llevábamos a la “Cruz de la Loma” y a la escuela como ofrenda al maestro; y la culminación de las clases justo antes de las cosechas porque se requerían más manos y voluntades. La infancia fue una fiesta de siembras, deshierbas, cosechas y golosinas del maíz. Y el año festivo y las ferias y las romerías también. (O)