Cien años de la Lira (VIII)

Jorge Dávila Vázquez

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> Rincón de Cultura

César Dávila Andrade ganó tres premios en la Fiesta de la Lira, con su extraordinaria CANCIÓN A TERESITA, con la honda INVOCACIÓN HUMANA y, como señalamos ya, en el año 46, con uno de los mayores logros líricos del Ecuador, ODA  AL ARQUITECTO, un vasto canto, en 88 versos, a Dios como ordenador del caos, de ahí el uso reiterado del término Arquitecto para referirse a Él, que proviene de las doctrinas místicas que le inquietaron desde muy joven y no de la religión cristiana, que ve al Ser Supremo como creador.

La realidad evocada en conjuntos enumerativos -sin exagerar, podríamos decir que todo el canto es una sola serie, una sola gran enumeración- está, además, animizada o personificada, sobre todo los objetos actúan como seres humanos: los candelabros alzan su lengua hasta el divino Nombre, la tierra es callada, la mesa ligera (hay que reparar en la particular gracia y cercanía de esta imagen metafórica del torno del alfarero), las aguas esculpen las caracolas, las flores mueven brazos y piernas, la abeja se orienta y busca la colmena, la sangre solloza, los hongos tienen pies y cabecitas, los riachuelos del tacto sienten a Dios, el musgo extiende su manuscrito, el toro piensa, las colmenas cantan, la música anda. Esta tumultuosa prosopopeya o humanización, en Dávila, no solo es expresión clara de su capacidad poética, usando de expresiones de alta calidad metafórica e imaginera, y al mismo tiempo de tono familiar, casi coloquial, sino también una forma de exteriorizar su convicción religiosa de ese momento: la conciencia de que Dios está en todo, y, más anchamente, es la totalidad de lo que existe.

Pero Su estar, Su ser en el Universo no es simple, sino complejo, dialéctico; de allí la constante presencia de la antítesis (a veces, como breve y sintético oximoron), que es casi la dinámica del poema: el espacio en que está Dios nos aparece “veloz e inamovible”. El mismo es “altísimo e íntimo” y está “vigilante y dormido”; nuestra vida se metaforiza en un viaje adverso y glorioso; existimos en un “vago sueño mortuorio”, y en la noche postrera, cuando hemos dejado de respirar, Él nos respira el alma.

Hay que volver a leer detenidamente la inmensa ODA, para entrar en un mundo lírico excepcional. (O)