La modelo que huyó de los ayatolás y acabó durmiendo en las calles de París

1921

Negzzia lucha por no perder la ilusión tras dejar atrás a su familia y su vida para poder ser modelo. Posar desnuda le costó la persecución del Gobierno iraní, pero mantener su libertad en Europa ha sido más complicado y la ha obligado a dormir en las calles de París.

La joven de 29 años lleva nueve meses en París y el mes pasado obtuvo el estatus de refugiada. Antes, su caso hizo reaccionar incluso al ministro de Interior francés, Christophe Castaner, en Twitter: “Naturalmente, se le ofrecerá el asilo”.

Pero nada ha cambiado por ahora. Para Negzzia (nombre falso bajo el que esconde su identidad), exponer su cuerpo se ha convertido en una manera de rebelión. En Irán, donde trabajaba como modelo desde los 22 años, la detención de un fotógrafo que la había retratado desnuda supuso su sentencia.

“Un amigo me dijo: despídete de tu cuerpo. Cuando me di cuenta que aquel tipo iba a delatarme cogí una mochila y huí a Turquía”, cuenta Negzzia en una entrevista a Efe.

Ya no se fía ni de su sombra. Su abogado, un joven de origen iraní, se puso en contacto con ella cuando su historia empezó a llenar las páginas de los diarios franceses, pero ella tardó un mes en aceptar su ayuda por temor a que, al igual que muchos antes, aquel hombre intentase aprovecharse de ella.

En Irán, posar desnuda le hubiera costado 148 latigazos. En Francia, donde Negzzia esperaba poder disfrutar de su libertad, se ha encontrado con que exponer su cuerpo la convierte a ojos de muchos en un objeto sexual.

En Estambul pudo trabajar un año como modelo, pero el conservadurismo también se impuso: “Me teñí el pelo de rojo y la gente me gritaba por la calle; lo peor eran las mujeres. Una vez, una me mordió por la calle”, cuenta.

Eso, y el terror de que los iraníes con los que se cruzaban la estuvieran espiando o pudieran delatarla la convencieron para viajar a Europa. Desde el otro lado del Mediterráneo, París parecía la ciudad soñada.

“Un tipo me dijo que me iba a ayudar. Llegó el visado y me llamó diciendo que todo estaba preparado. ‘Ya están los billetes, pero la primera semana quiero alquilar una habitación preciosa enfrente de la Torre Eiffel. Tú y yo, pasando una semana maravillosa juntos'”, recuerda.

“¿Él y yo en una habitación de hotel? Eso solo tiene un significado. Nunca en mi vida me acostaría con alguien a cambio del éxito. Le dije que no, que si quería ayudarme que lo hiciera pero que no quería pasar una semana romántica con él. Me dijo ‘vale, pues no hay trabajo’, y me bloqueó”, cuenta.

Sin trabajo, sin piso y con el dinero que había podido ahorrar durante su año en Turquía, puso rumbo a París, pero sin los papeles en regla conseguir trabajo le fue imposible. Más aún en la moda.

El dinero para su alojamiento se le acabó después de un mes y los trámites para obtener el asilo avanzaban con demasiada lentitud. Se impuso la necesidad.

“No me quedaba otra que confiar en la gente que decía que me quería ayudar. Todos me iban echando de sus casas porque no me acostaba con ellos. Un día me decían que me amaban y como no funcionaba me recomendaban que me metiera en la prostitución”, narra.

La rabia y la impotencia se le escapan en forma de lágrimas. Dice que ha intentado quitarse la vida tres veces. Las tres desde que vive en París.

Al cabo de varios meses pasando de casa en casa -un hombre llegó a encerrarla una semana en una habitación y otro trató de ponerla a trabajar como ‘stripper’-, prefirió dormir en la calle.

La enésima proposición de sexo a cambio de ayuda la convenció de que era mejor no deber nada a nadie, por lo que cogió su maleta y se fue a la calle.

“La primera noche en la calle fue muy dura, pero por dentro me sentí mucho mejor”. Rememora el frío y el hambre, la sensación de que el tiempo no pasaba.

Pero Negzzia no ha renunciado a su sueño. Un cuarto de la ayuda de 400 euros que le da el Estado francés -cantidad que no cubre el precio de una habitación en París- los ha estado dedicando al gimnasio para seguir teniendo la oportunidad de cumplir su sueño.

Aún a la espera de recibir el permiso de residencia, la joven persa, adaptada al paisaje parisino con una media melena que resalta su esbeltez, va pasando de casting en casting con la esperanza de encontrar una puerta abierta y dejar de vivir de favores.

Ahora, son sus amigos del gimnasio los que al conocer su historia le ofrecieron un techo. La primera noche durmió durante 24 horas.

Mientras tanto, mostrar su cuerpo en Instagram, donde acumula 120.000 seguidores, continúa siendo una forma de insurrección y de determinación, como lo fue en Teherán o Estambul.

“Es mi cuerpo, sé quién soy y sé cómo vivo y haré con mi cuerpo lo que quiera hacer (…) Estoy orgullosa de mí misma porque peleo por lo que quiero, porque no me vendí. Y sigo teniendo un sueño. Quiero demostrarme a mí misma y a la gente de mi alrededor que crecer no significa dejar de soñar”, dice. Cueste lo que cueste. EFE