Polvo eres…

Aurelio Maldonado Aguilar

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El día llegó inevitable y drástico. Unido a mis hermanos y abrazando tiernamente dos pequeñas urnas de madera donde dormían las cenizas reverentes de nuestros padres ya juntas, como juntas fueron sus manos y almas, emprendimos el camino en búsqueda de darles nueva casa en algún aprisco del infinito firmamento. Un excelso silencio nos envolvía y los recuerdos sin duda aparecieron en cada uno de nosotros de forma e instantes diferentes. Una sensación de amor y respeto colmaba nuestros resquicios con mágica e insospechada fuerza. Ellos estaban con nosotros y nos tomaban de la mano como cuando fuimos niños. Húmedos los ojos y orgullosos de nuestros padres buenos, trepamos caminos buscando el horizonte más diáfano y lejano. Debíamos llegar al límite del cielo con las nubes. Teníamos que encontrar aquel reducto de paz infinita y eterna que sus polvos nos pedían. El silencio tibio nos cercó encaminándonos bajo bóveda azulada tachonada de algodonosas nubes. Habíamos llegado. Lo sabíamos por el susurro cariñoso del viento que nos hablaba y pedía que libertemos en sus brazos y sus crenchas las esplendidas cenizas para ventearlas por los cerros como colibríes en búsqueda de flores. Prestos al embrujo del eólico llamado, reparamos luego de algún tiempo supremo que un clarísimo arroyo con meliflua voz de musgos y burbujas, también hacia su réquiem en aquel solemne instante. Deposítenlos aquí, decía sin pausa y sin cansancio. Llevaré cual frágiles barquichuelos todas y cada una de sus blancas velas por el mundo y acompañados de mi música anclaran en dársenas de ensueño entre los muchos sitios de mi orilla, para así lograr que sean luego, regios brotes verdes vitales y enhiestos del paisaje andino en su nueva vida. Muchos polvitos seguirán río abajo admirando multitud de parajes y campiñas como esquifes solitarios y risueños en búsqueda de mares. Largo será aquel camino. Eterno será sin duda, más lleno de sinfonías de lluvias y chubascos. Déjenme llevarme sus almas río abajo y ofrezco devolverlas en gotas de rocío en infinita sucesión de nuevos días, murmuró suplicante el prístino arroyuelo. Llegarán a ustedes, lo prometo, en ondas de escarcha, viento, tempestades para arrullarles el tiempo que les reste en juntar vuestras cenizas con las de ellos, suplicó. Y lo hicimos. Lentamente fue arremolinándose aquel depurado y magnánimo polvo con el torrente cantarín al que asociamos lágrimas que, corriente abajo, serían sus compañeras en eterno viaje. (O)