La lengua

María Rosa Crespo

El influjo cada vez mayor de la prensa, la radio, la televisión, el crecimiento acelerado del saber los cambios de expresión en la literatura nos obligan a necesitar de la lengua. Salvo los celulares que la destrozan. Quien no aprendió a usarla adecuadamente a traducir a su mundo verbal los conocimientos adquiridos no podrá continuar a educarse a sí mismo. De todo lo expuesto surge mi interrogante: ¿Cómo orientar la enseñanza y aprendizaje de la lengua materna? Los primeros pasos estarían encaminados a proporcionar a los alumnos ciertas habilidades y destrezas en el manejo de la expresión oral y escrita que los permita manifestar sus ideas y la realidad que pretende nombrar; sin el uso de una lengua “acartonada” y el consabido repertorio de apocopes de frases y palabras convencionales, desgastadas y vacías. Hay que olvidarse de los ultra correctos vocablos de la Academia, la imposición de una norma lingüística inamovible que propicia una actitud pasiva en el educando porque se sujeta a modelos impuestos sin discusión. Se debe radicar el mal generalizado del oralismo, es decir, hablar para autosatisfacerse con el sonido de la voz no lleva a ninguna parte. La lengua esta al servicio de la vida, dice Charles Bally, es una función biológica social y cultural.(O)