El infierno de las cárceles

Ángel Vera

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Cuando Dante Alighieri, hace 715 años, imaginó cómo sería el infierno para escribir “La Divina Comedia”, ni en sus pesadillas concibió una realidad peor a la de las cárceles ecuatorianas. En el infierno dantesco los condenados son atacados por rabiosos perros, sumergidos en ríos de sangre, pero, ni ahí un condenado es asesinado, decapitado, quemado y sus homicidas patean su cabeza como juego. En la cárcel de Guayaquil, sí.
Aparte del grado de degeneración del espíritu humano, el hecho ocurrido recientemente prueba el fracaso de la política penitenciaria del Estado y clama que la mentada rehabilitación era y es una mentira cerdosa.
Causó verdadera pena escuchar al asesor presidencial Santiago Cuesta y repetirlo al presidente Moreno: que los presos serán reclasificados según su grado de peligrosidad, previo estudio sicológico, para que no estén mezclados unos con otros.
Se supone que deben hacerlo desde el primer día que alguien ingresa a la cárcel, pero tienen que ocurrir hechos espantosos para que desnuden la inoperancia, la inexistencia de política penitencia que gobierne los cajones de cemento donde se amontona gente que aún adentro delinque y, dicen, dirige la delincuencia.
No hay política ni norte más allá de lo que algún consultor puso por escrito: ¿Están clasificados los detenidos?, ¿Tienen tratamiento sicológico o siquiátrico?, ¿Cómo emplean su tiempo libre?, ¿Trabajan?, ¿El acceso a los talleres formativos es un privilegio? : “La ociosidad es madre de todo vicio” decía mi mamá.
Se abusa de la prisión preventiva, no se recurre más al trabajo comunitario como sentencia, hay penas exageradas, la consecuencia es el hacinamiento carcelario. Y por cierto: si alguien está condenado a 30 o más años, es una virtual cadena perpetua. Qué interés en rehabilitarse puede tener una persona en esas condiciones. Hay una ciencia llamada Criminología. Ojalá en el gobierno se enteren y pongan a alguien que la conozca, como responsable de qué hacer con en las prisiones. (O)