Eficiencia administrativa

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El sector público administra los bienes del Estado y organiza los servicios que requieren los ciudadanos a través de empleados que cumplen diferentes funciones. La eficiencia de estos servicios requiere agilidad, trato cordial con las personas y ahorro a los gastos que se dedican a este propósito. El número de empleados para cumplir estas tareas debe ser suficiente, pero de ninguna manera excesivo pues uno de los errores reiterados es creer que, si se aumenta el número de servidores la eficiencia va a mejorar, lo que se agrava si las autoridades mayores son de elección popular y hacen un mal uso de la acción política “recompensando” con cargos a quienes participaron en las campañas.
Empleado, servidor público y burócrata son términos que tienen mucho en común, pero se añade valoración de su eficiencia. Servidor público implica que, además de cumplir rutinariamente las funciones, se empeña en mejorar los servicios para los que concurren y se añade una actitud positiva. Burócrata se refiere a quienes no demuestran eficiencia pues prefieren cumplir sus tareas con el menor esfuerzo posible mirando de hombros para abajo a los ciudadanos. La burocratización ha sido uno de los reiterados males del servicio público, en buena medida, por el excesivo número de empleados que crean requisitos innecesarios y molestias para “justificar” sus sueldos.
Cuando hay cambios en la administración, los nuevos integrantes ofrecen mejorar los servicios a los ciudadanos y simplificar trámites, pero es frecuente que, sobre todo en el caso de la demagogia y el populismo, se quede en palabras y pese más el favoritismo y el culto a la personalidad que el bien común. En el caso de nuestra administración seccional, las nuevas autoridades han hecho esta promesa. Creemos que irá más allá de las palabras, aunque un juicio definitivo se lo puede hacer cuando en la práctica se ha hecho realidad esta racionalización administrativa. “obras son amores y no buenas razones”.