En los años treinta

Josefina Cordero Espinosa

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Al finalizar la década de los treinta, Cuenca era una ciudad pequeña, con una dulce simbiosis entre lo rural y urbano. Parcelas de maíz afincadas en los huertos junto a las matas de geranio, galopaban por las calles: un indomable aroma de humo y pan, y el perfume dulzón de retamas y agua florida que acompañaba las procesiones; las golondrinas posadas en los alambres de luz proyectaban sus siluetas hacia el crepúsculo. Desde las doce de la noche, el cantar de los gallos, elevándose en medios tonos como una escala cromática se confundía con el de las serenatas; las voces de los pianos, del río, de las campanas, la risa de las muchachas asomadas a los balcones, el taconeo de la chola en el empedrado, los golpes del yunque y del martillo, prestaban a la ciudad una identidad sonora.

La mujer no ocupaba espacio ni hacía sombra, vivía en función de su marido, mientras él se divertía en grande fuera de la casa, se lo mimaba al día siguiente con platos especiales; llegada la hora del remordimiento, como gran homenaje a la esposa, bautizada con el nombre de ella a la quinta familiar, quedan todavía hoy como testimonios en letras borrosas: las villas María y Mercedes. (O)