En el camino nos perdemos

Viviana Bernal Estrada

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En décadas pasadas, hablar del 2030 era como parlotear de algo que no llegaría. Al respecto, mi hija Daniela y yo, hicimos un ejercicio en casa, quien se imaginó en ese momento y exclamó así:

“¡Cuánto desearía haber obedecido las advertencias que incesantemente repetían los noticieros y los colectivos ambientalistas!, ¡Cuánto desearía haber sembrado más árboles o al menos haberlo intentado!, ¡Cuánto desearía volver al pasado y sacudir por los hombros a todos aquellos que creían que nada iba a pasar!, ¡Cuánto desearía haber sido parte del bando correcto y evitar lo que está ocurriendo!”.

“Ya no importa cuánto lo desee, esta es la vida que tengo y la que me tocó vivir, ya sea por legado o por decisión; ahora es inevitable, la capa de ozono se extinguió, los rayos solares son diez veces más fuertes que antes, queman y desgarran toda forma de piel y mientras los glaciares se derriten, más montañas se derrumban y más volcanes aumentan su actividad; en fin, la sequía nos está matando…”

“Aún hay tiempo para transformar conductas, mi planeta nos necesita”.