Secreto a voces

Andrés F. Ugalde Vázquez

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Esta historia comienza una cálida madrugada en el aeropuerto de Guayaquil. Una mujer es detenida cuando, en pánico, intentaba abordar un vuelo a cualquier parte. Un vuelo para huir del país, llevando consigo aquellos documentos que le quemaban las manos. Documentos que recogen la oscura crónica de sobornos (aportes voluntarios – dice ella – y una “recetita para preparar el Arroz Verde”) que en su momento financiaron la campaña política del régimen más corrupto de la historia de un país, que podría ser el Ecuador.
Indicios de doble contabilidad, facturas cruzadas, asociación ilícita y tráfico de influencias. Y un sistema de códigos pensado para ocultar una red atroz de corrupción donde enormes empresas hacen millonarios aportes de campaña, previa concesión de las obras de infraestructura más importantes del Estado (Refinería de Esmeraldas, Toachi Pilatón, Hidroeléctrica Sopladora, etc.). Más de once millones, se dice, financiaron la campaña política del caudillo y las decenas de pequeños candidatos que también recogían las migajas del poder. Un atraco tan gigantesco que no encuentra parangón aún en los mayores escándalos de América Latina.
Y no. El tema no es nuevo en nuestra tierra. Los vacíos legales en el aparataje de la democracia han hecho de esto un mal estructural común a muchas tiendas políticas. Un secreto a voces. La contabilidad formal, banal e insubstancial. Y la otra. La oscura contabilidad que realmente refleja las exageradas dimensiones de las campañas políticas. La prohibición explícita de hacer regalos o inaugurar obras financiadas con fondos públicos. Y la verdad, innegable y evidente para quien quiera mirar. Campañas gigantescas repletas de artistas, conciertos y despliegues publicitarios. Candidatos en plena campaña inaugurando obras de propiedad pública a veces aún sin terminar. Regalando víveres. Regalando empleos. Creando realidades que dejan en el ridículo los balances contables de las organizaciones políticas.
Realidades que son consecuencia de una sociedad que exige un ejercicio desmedido de publicidad, inversamente proporcional a la carencia de propuestas y argumentos. Sociedad enferma donde los actores políticos estrenan la corrupción aún antes de ser electos. ¿Qué es entonces lo que puede esperar…? (O)