Democracia y consenso

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Gobernar es hacer frente a problemas y tomar decisiones, lo que requiere de poder. De la manera como los gobernantes deben usarlo depende, en alguna medida, las formas de gobierno. Una democracia se caracteriza porque, quienes en los más altos niveles lo ejercen legitiman su autoridad por el voto popular. Es común y acertado decir que el gobernante no es solo de los grupos que le eligieron sino de todos los habitantes de un país, lo que implica respeto a las ideas diferentes y aceptación de la oposición como parte del sistema. Que los seres humanos, por naturaleza pensamos de manera distinta y tenemos el derecho a expresar estas ideas, es esencial a este sistema.
Todos los gobernantes tienen autoridad, de no existir, las posibilidades de anarquía serían mayores. En gobiernos totalitarios el gobernante impone sus decisiones sin contar con lo que los otros creen o buscan ya que, en determinadas formas de totalitarismo se considera que hay una sola e inamovible verdad y que la tarea es velar porque se acepte sin cuestionamientos; formas diferentes de pensar se consideran, por decir lo menos, peligrosas. En gobiernos democráticos, uno de los vicios nocivos de los gobernantes elegidos es el autoritarismo, entendido como no tolerancia a cuestionamientos y negativa o condicionamiento del diálogo.
El consenso, entendido como acuerdo entre las partes en conflicto, es fundamental en este sistema, lo que requiere diálogo en el sentido real del término. Dialogar en este caso no se limita a intercambiar ideas, sino buscar soluciones que parcialmente sean aceptadas por los dialogantes. Esto implica llegar a consensos en los que las partes renuncian parcialmente a sus aspiraciones, dando prioridad a la solución que a la total vigencia de sus puntos de vista. El ejercicio de la democracia requiere esta actitud, no sólo de los gobernantes, sino de todos los ciudadanos y organizaciones. La tolerancia no sólo es exigible a los gobernantes sino a todos los ciudadanos.