“Miguel Díaz Cueva, centenario amante de los libros”

El historiador, investigador y filatelista cumplió 100 años de edad este 17 de abril de 2019

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Miguel Díaz Cueva
Miguel Díaz Cueva, junto a sus tres hijos Ana Patricia, Miguel y Susana Díaz Guillén, en su hogar de la calle Luis Cordero. ACR

Nunca usó vehículo, no lo deseó, Miguel Díaz Cueva caminaba diariamente desde su casa en la calle Luis Cordero cerca de la Eugenio Espejo hasta: la biblioteca, el Banco Central, el Municipio o la Universidad, sus cuatro sitios preferidos.
Caminaba tan rápido -llevando su maletín- que a sus hijos pequeños les resultaba difícil seguirle el paso “prácticamente debíamos correr para igualarle”, comenta hoy con una gran sonrisa su hija, Ana Patricia Díaz Guillén, de 61 años de edad.
Miguel Díaz Cueva, casado con Angélica Guillén Piedra (+), tuvo cinco hijos, tres de los cuales viven hoy: Miguel, Ana Patricia y Susana.

Precisamente la pasión de su padre por las largas caminatas diarias y esa dedicación a sus libros, colecciones, fotos, cuadros…que lo mantienen ocupado y “viviendo en su mundo”, según Ana Patricia, son las dos razones fundamentales por las cuales él a sus 100 años de edad se mantiene lúcido y con una gran actitud.
Su hija -alegre y cordial, dedicada a arreglos florales como pasión- está convencida de que el ejercicio diario y la lectura son las razones de la buena vida de su progenitor, pues en la comida y nutrición “él es el prototipo de la mala alimentación, no sirviera para hacer una propaganda positiva”, revela entre carcajadas Ana Patricia.
En efecto, el Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de Historia del Ecuador, y de la de Madrid, es amante del dulce y la harina, y nada de legumbres ni hortalizas, peor carne, lo que sí un poco de pescado y pollo.
Mientras su otra hija, Susana, de 55 años de edad, formada en Contabilidad, acomoda una almohadilla detrás de la espalda de su padre, quien temporalmente está en silla de ruedas (tras dos caídas recientes que tuvo), Ana Patricia a punto de llorar revela que su papá la marcó de por vida por un solo hecho: “siempre ha sido cariñoso y mimoso con nosotros…y con los nietos, fuera de serie…es el legado que tenemos de él”.
Para sus tres hijos, esta es la mejor herencia de quien fuera Ministro Conjuez de la Corte Superior de Justicia de Cuenca (1977) y Subcontralor General del Estado (1982)…la ternura que les dio.
Ya sentado en su computadora -porque él jamás se quedó perdido en el tiempo, siempre ha ido a la par de la evolución tecnológica- con unos ligeros lentes, Miguel Díaz comienza a escribir, aunque un poco más lento que antes, pero lo hace, y con total concentración, la tarde del jueves 2 de mayo que concedió este diálogo a El Mercurio.
Tras él, como testimonio de su vida dedicada a la investigación y a la publicación de libros, está su gigantesca biblioteca con obras de su autoría como: “Lápida de Tarqui” colocada por los científicos de la Misión Geodésica Francesa, “Síntesis biográfica de Federico Proaño”, “El vuelo del Telégrafo I a Cuenca” (coautor con Abel Romero Castillo), las biografías de Honorato Vásquez, Fray Vicente Solano y otras.

Orgullo
Susana, rubia y de grandes ojos verdes como su padre, quien ha dedicado su vida a cuidarlo, comenta que cuando no hace mucho frío y lo sacan a pasear, algunas personas lo reconocen.
Tal vez no saben que este historiador, Doctor en Jurisprudencia (1944), fue premio “Juan Bautista Vásquez” como el mejor bachiller de la promoción 1938 del colegio Benigno Malo, o que fue el creador de la Sección del Azuay del Archivo Nacional de Historia de la Editorial de Canjes de la Casa de la Cultura…pero lo que sí saben es que Miguel Díaz Cueva formó en el Ecuador posiblemente una de las bibliotecas particulares más grandes de la historia, con un registro de 27 mil libros, aproximadamente.
Además, estructuró una colección filatélica con sobres de primer día, estampillas y boletines emitidos por la Oficina de Correos con temas del Ecuador como Simón Bolívar y más; y, recopiló prefilatería ecuatoriana de las épocas colonial y republicana. Llegó a ser, por dos periodos, presidente de la Asociación Filatélica del Austro y de la Federación Ecuatoriana de Filatelia.
Lo más sorprendente -para un extraño, no para sus hijos- es que Díaz Cueva sabe casi de memoria la ubicación de cada libro “en el estante derecho, tercera fila, junto al borde…”. Sus nietos siempre lo han visto como “el Google” de la familia, sabe todo y si no lo sabe, conoce exactamente que autor ecuatoriano ha escrito sobre tal hecho y, lo más llamativo, es que tiene casi todos los ejemplares.
Su hijo Miguel, de 60 años de edad, docente, cuando mira a su padre dice “el vivía dentro de su biblioteca…leía, escribía, investigaba…todos los días”.
Con orgullo, Miguel -como un guía turístico- va mostrando cada espacio de la casa de su padre, en donde la riqueza histórica no solo recae en su biblioteca, sino en un pequeño taller en donde el mismo Miguel Díaz Cueva ha encuadernado gran cantidad de sus libros, pero no con pegamento, sino cosiéndolos. Ahí, intactas, sin la huella del tiempo, están, entre otras, su guillotina, el plomo…
“Si quiere, tráigame cualquier libro suyo y le encuaderno…puedo hacerle con tono café o verde”, expresa con amabilidad don Miguel Díaz Cueva (a lo que respondo: ¡sería un honor para mí!).
En otro espacio, en un pequeño cuarto, aún conserva otro ícono de su talento: el amor por la fotografía, es el denominado cuarto oscuro, incluso con el tradicional foco color rojo.

Personal
La muerte de su esposa, cuando ella tenía apenas 62 años de edad y el cáncer le ganó la batalla, así como -más tarde- el fallecimiento de sus dos hijas, una por el fatal cáncer y otra por un accidente, no aniquilaron al “doctor Miguel” -como lo conocen algunas personas- lo hicieron más fuerte, el dolor de estas pérdidas en su vida…no le rompieron sus alas.
No se volvió a casar, sus hijos todavía recuerdan a sus padres cuando jóvenes, en esta misma casa enorme, manteniendo largas tertulias con otras parejas de entrañables amigos del barrio, en amenas y felices reuniones, hoy denominadas farras. De todos ellos, hoy solo vive Miguel Díaz y tal vez dos personas más.