Tráfico de personas

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La esclavitud fue en el pasado un negocio muy lucrativo al traer africanos de color a América para venderlos. Se admitía en esos tiempos que el ser humano podía adquirir en propiedad a otros de su misma especie –igual que los animales- para explotar su fuerza de trabajo sin que el esclavo tuviese derechos. A veces pacíficamente, a veces con violencia de por medio, este tráfico fue eliminado al admitir que todo ser humano, al margen de su raza u origen, es sujeto de derechos comenzando por la práctica de la libertad, por precaria que fuera. De las formas de explotación a las personas, la esclavitud ha sido la más repudiable, si bien, en la práctica siguen dándose sistemas similares.
En nuestros días existe el tráfico de personas que, por ilegal que sea, se práctica con demasiada frecuencia, aprovechando situaciones difíciles de quienes, de una manera u otra, buscan mejorar sus condiciones de vida, con frecuencia huyendo de la violencia o la miseria como ocurre con los refugiados que se movilizan a Europa desde Asia y África. Con mentalidad perversa, personas se aprovechan de esta situación para, mediante pagas excesivas, facilitar este tránsito y la consecución de trabajo en el país al que van. Desde luego, nadie garantiza el éxito, pero lo que importa es la paga proveniente de situaciones miserables.
En nuestro medio, los traficantes de personas reciben el generalizado apelativo de coyotes y, por estrictas que sean las prohibiciones legales se sigue practicando. Lo grave es que un buen número de estas víctimas son personas de reducidos recursos que, nos sorprende cómo logran acumular tan elevadas sumas de dinero para pagar los “honorarios” de los traficantes. Se trata de una transnacional con personas de varios países, cada una de las cuales cobra. El problema de restricciones de migración a países prósperos es duro, pero más aún que se explote esta situación a quienes no ven otra alternativa para realizar sus aspiraciones.