Libros y lectura

Hernán Abad Rodas

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La lectura o goce de los libros, ha sido considerada siempre entre los encantos de una vida culta y respetable para quienes se conceden rara vez ese privilegio. Es fácil comprenderlo cuando comparamos la diferencia entre la vida de un hombre que no lee y la de uno que lee.
El libro vuelve a la vida, cada vez que se lo abre, ésa es la magia de la palabra; para comprender esta magia es necesario aprender el arte de leer, y así aspirar a ser hombres libres, y no esclavos, residentes habituales de esta cárcel de arcilla que es nuestro cuerpo.
El hombre que no tiene la costumbre de leer, está apresado en un mundo inmediato con respecto al tiempo y al espacio, su vida cae en una rutina fija; está limitado al contacto físico y a la conversación con unos pocos amigos y conocidos, y sólo ve lo que ocurre en su vecindad inmediata.
Cuando una persona toma un libro en sus manos, entra en un mundo diferente, y si el libro es bueno, se ve inmediatamente en contacto con uno de los mejores conversadores del mundo; éste lo conduce y lo transporta a un país distinto, a otra época, o descarga en él, algunos de sus pesares personales, o discute con él un aspecto de la vida de la que el lector nada sabe.
Todo el que lee un libro con sentido de obligación es porque no comprende el arte de la lectura. Este tipo de lectura con fines de negocios, es igual a la lectura que hace un político de los archivos y antecedentes antes de pronunciar un discurso.
Pedir a un hombre sabio que enseñe a nuestros hijos a leer y escribir, sentarse a solas en una nube de calma, invitar a la luna a contarle nuestra angustia, estar a solas en un atardecer, llamar a los insectos para decirles nuestra pena, y considerar a los libros como nuestros amigos, esto para mi es felicidad.
Vivimos en un mundo convulsionado, y para emancipar nuestros corazones y liberar nuestro espíritu, seamos amigos de los libros, y comencemos a leerlos: el menú de la lectura es interminable, lo único sensato que podemos hacer es participar del festín, y no quejarnos de la monotonía de la vida. (O)