Whastsappeando

Aurelio Maldonado Aguilar

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La bruma pertinaz y morosa que va escondiendo recuerdos entre celajes intenta lograr el olvido, pero en realidad solo media conversación, noticia o encuentro y todo florece en la mente y espíritu con fuerza de ascuas que fueron hoguera en un momento. Los inmensos desarrollos de cibernética y comunicación de redes sociales tienen poder enorme. Posibilitan encuentros y suscitan nuevas ilusiones brindando tibiezas de la vida buena. El WhatsApp puede encontrar la bella chiquilla de renegrido pelo, espigado cuerpo y ojos de miel, de la que fuimos amor primero, artífice dulce de aquel natural, simple y alborotado idilio juvenil donde mariposas y roces de manos hicieron la mañana del cariño. Chiquilla que perdida en el esquife de los tiempos, vivió entre oleajes y gaviotas. Esta magia moderna llegó a nuestro grupo luego de 55 años. Creamos un chat que como globo de ensayo soltamos al viento para que llevado por el vasto espacio retorne con noticias frescas. Pasaron meses con pocos retornos. Cierto día empezaron a llenarse las pantallas. Aquellos niños de escuela de hace 55 años volvían a dar noticias y promover memorias. Intentaban con el eco y fuerza cordial y hermandad de escolares comunicarse alborozados. Algunos ya murieron y otros los creímos ya del otro lado de la vida. Muchos fugaron en su tránsito y camino a lejanos confines y hoy, jubilados, regresaron a sus lares. Nuestros recuerdos empezaban a desempolvarse de la densa nube de los tiempos, observando niños de 8 años que jugábamos con bolas multicolores, “cauitos”, trompos arreadores que zumbaban como abejas y futbolines que matraqueaban sus entrañas con los goles. Pedimos fotografías actuales que mostraron el inevitable paso de los tiempos. Joviales y dichosos vimos aquellos niños: unos calvos y todos con neviscas en las sienes. Barrigudos, barbudos, bigotones, fueron nuevas visiones del tropel bullicioso de lejanos escolares. Y nos reunimos alborozados. El abrazo fraterno, la huasa y recuerdos de profesores buenos y uno malo que nos hería, fue la tónica. Recordamos millares de episodios y cada uno aportó con pertinaz remembranza. Fuimos nuevamente niños de escuela. Volvió a reunirnos la sencillez, la inocencia y nos sentamos simples en butacas del recuerdo la mitad de todos los que fuimos una vez piezas de singular acertijo de la vida. (O)