Carolina Larriva La hipoterapia marcó su destino

La lesión de un caballo y el abrazo de un alumno dieron un giro a sus objetivos. Hoy es representante de Kawallu.

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Carolina Larriva hipoterapia
Joaquín Neira, de cuatro años, realiza ejercicios que mejoran su postura, estabilidad y equilibrio, con apoyo de Carolina Larriva e Isabel Calle.

Joaquín Neira tiene cuatro años. Nació con microcefalia. Desde hace un año, su madre Bernarda Ugalde recorre alrededor de 33 km –desde el sector de la UDA hasta Nulti- para que reciba la hipoterapia. Con apoyo de Kawallu advierte una mejoría en la postura, estabilidad y equilibrio.
Por la misma terapia, Estela Parra acude dos veces por semana desde el cantón Paute. Su hija Aily Barahona de siete años, tiene TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad). En apenas cuatro días de sesión asegura que su pequeña ha mejorado en la atención y se siente más segura de sí mismo.
La felicidad que irradian ambas madres tiene su génesis en el proyecto que emprendió desde hace un año y seis meses, la jinete cuencana Carolina Larriva (26 años). Normando, uno de sus caballos de salto, se lesionó en una de sus patas y quedó inhabilitado.
En busca de brindarle otra actividad empezó a estudiar hipoterapia. Durante el mes que tuvo de vacaciones en la Universidad del Azuay, decidió hacer un voluntariado con cerca de diez niños del Centro de Educación Inicial para personas con Síndrome de Down (Cedin Down).
La actividad le encantó. Por cinco años la llevó a la par de sus estudios en Psicología de la Educación, con apoyo del Centro Agrícola Cantonal de Cuenca. Pero su voluntario se suspendió durante los dos años que vivió en España, donde obtuvo una maestría en Dirección y Gestión de Centros Educativos y otra en Investigación y Cambio Educativo.

El destino

A su regreso al país, decidida a dedicarse en lo que se especializó fue a despedirse de sus alumnos del Cedin Down, pero el destino le deparaba otro camino. En su ausencia uno de ellos, Víctor Hugo –hoy de 48 años-, se había quedado ciego.
Cuando se abrazaron “me dijo: Caro, caballos, y me mató”. De inmediato llamó a su amiga Isabel Calle (29 años) y crearon el proyecto Kawallu sobre un galpón que tenía su padre Jaime Larriva. Con ayuda de diversas personas, mingas, donaciones y auspicios, el seis junio del 2017 abrieron las puertas para los niños del Cedin Down.
“En la actualidad estamos en trámites de constituirnos como una fundación. Contamos con 165 niños, 140 son parte de los voluntariados Kawallu (Cedin Down, IPCA, Somos Familia, Pequeñitos de OSSO y Tadeo Torres) y 25 son parte de comunidad Kawallu, un proyecto que trimestralmente da atención personalizada” y que involucra a la familia en busca de objetivos. Son los casos de Joaquín y Aily.
En la terapia con los padres usan la técnica denominada “empoderamiento”. En campo abierto se usa las virtudes de los caballos en una manada y se trabaja el área psicológica con ejercicios pie a tierra.
Los niños de la fundación son apadrinados por los niños que reciben una estimulación temprana con los caballos y una pre-equitación, en las seis escuelas asociadas. También ayuda a los que menos tienen el baby Kawallu, un proyecto de estimulación para niños de seis meses a cinco años.
“Tenemos la suerte de tener auspiciantes y familias que se han unido a este proyecto y aportan para que el mismo siga creciendo; contamos con un proyecto de auspicios factible y esperamos siempre que más gente se una al mismo”.

Antecedentes

Carolina considera que su afición a los caballos es un legado familiar. “Siempre han sido de hacienda. Tengo recuerdos desde muy pequeña, que mi papá me subía en los caballos y me paseaba”. Estar rodeada de este ambiente la llevó a incursionar a la equitación desde los 11 años. Practicaba junto con su hermano.
De a poco se involucró en competencias de Salto y Endurance. “Creo que el hecho de tener como equipo a un caballo, ya marca la diferencia con cualquier otro deporte; ayudándome en seguridad personal, en trabajar la frustración, en aceptar los errores propios y responsabilizarme de mi compañero de competencia y entrenamiento”.
Entre sus compañeros de competencia están Rey, Rosario y Felicia. La última “ha sido una de mis yeguas favoritas, con ella he tenido muchos logros. Actualmente sigue conmigo, siempre estoy entrenando, aunque ya las competencias he dejado por falta de tiempo”.
Ahora está enfocada en que el proyecto Kawallu llegue a más personas que lo necesiten. “Tenemos como objetivo ser un Centro de Hipoterapia, con responsabilidad social, que posibilite una atención especializada, personal, académicamente calificado y humanamente comprometido con el desarrollo de niños y jóvenes que requieren alternativas terapéuticas”.
Carolina define la hipoterapia como una terapia complementaria que “utiliza al caballo como co-terapeuta y mediador para mejorar la calidad de vida de las personas con condiciones diferentes: físicas, psicológicas, sensoriales, problemas de salud mental y/o problemas de adaptación social”.
Los caballos son animales sensibles independientemente de su raza. “Lo que se diferencia en los caballos de terapia, antes que nada, es el trato cuidadoso que reciben. Ellos son considerados una parte fundamental para nuestro centro; entonces fomentamos el amor y el cuidado hacia ellos”. Una buena alimentación y un cuidado personalizado son aspectos importantes y que requieren una buena inversión.

Los beneficios

Para Carolina los beneficios que la terapia posee son holísticos, no solo funcionan en la parte física al mejorar “el equilibrio, el control postural, el fortalecimiento del tono muscular, la coordinación neuromotora y la orientación, el espacio temporal y la lateralidad”.
Entre los beneficios psicológicos destaca “el aumento de autoestima, mejora de confianza y autoconfianza, aumento de atención y concentración, autocontrol, comunicación y lenguaje, normas y límites. Las relaciones sociales, el cuidado y respeto por los demás y la naturaleza”.
La hipoterapia posee tres principios básicos, que son los que explican científicamente sus efectos. El primero es la transmisión del calor corporal. “El caballo tiene 38 grados de temperatura, dos más que los humanos; ayudando a distender y relajar la musculatura y a una sensopercepción táctil”.
El segundo es la transmisión de impulsos rítmicos del lomo del caballo al cuerpo de la persona, recibiendo de 100 a 110 impulsos por minuto. “Ayuda a mantener la atención, porque estamos en continuo movimiento. A cualquiera de nosotros que nos suban a un caballo, por supervivencia vamos a subir nuestros niveles de atención por el hecho de no tener los pies en el piso”.
El tercero es la transmisión del patrón de locomoción tridimensional “equivalente al patrón de la marcha humana, lo que ayuda a memorizar y automatizar estos movimientos. Los caballos tienen la pelvis similar a la del humano. Al estar sobre un caballo se trabaja los músculos que se usan al caminar y es como si estuviéramos realizando el ejercicio a la marcha. Lo que buscamos con esto es que el cerebro de los niños automatice estos movimientos, que a veces son difíciles de realizar”.
Carolina no se imagina otro mundo sin los caballos. Su amor hacia ellos no tiene límites, como su afán por ayudar a quienes más lo necesitan, con el apoyo incondicional de su amiga Isabel Calle y otros voluntarios. El Centro está ubicado en la autopista Cuenca-Azogues km 7.5, entrada por la escuela Cuatro Ríos, en Nulti. (I)

Texto: Bolívar Sinchi Tenesaca
Fotos: Luis Cobos Chiriboga