El precio de las tierras

Edgar Pesántez Torres

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Nunca hemos comprendido el porqué Cuenca es la ciudad más cara del país, así que sus  autoridades señalan que obedece a las bondades tangibles e intangibles con que cuenta la ciudad, apodada con decenas de nombres peculiares, unas merecedoras otras, falsas y embusteras, que a pocos convence y a la mayoría causan guasa. Esta vez, valga referirse a los dueños de las tierras y los precios exorbitantes, que a veces superan el coste de una casa de la misma superficie de terreno.

En muchas naciones del orbe, en donde los hombres parecen ser más sensatos y menos aferrados a los bienes, tienen entendido que nada les pertenece y peor los inmuebles como las tierras, porque éstas son de todos los que moramos transitoriamente este mundo. No ciudadanos de estos lares, cuyos dueños cada vez quieren asirse más de propiedades, como si les serviría para la eternidad el subsuelo.

Los despegados tienen una clara visión al reflexionar que nadie compró a Dios el Planeta o un pedazo de él como para ir legando a las generaciones que los sustituyen. Efectivamente, ¿alguien puede decir a quién adquirió los dominios nuestros antepasados? La respuesta es obvia, no se sabe a quién. Lo que se infiere es que se adueñó  arbitrariamente cuando dejó de ser nómada; por eso, muchas mentes lúcidas son conscientes  de que nada les pertenece y sólo pagarán por una especie de pacto  por cierto lapso de posesión para edificar y guardar sus bienes necesarios e indispensable, pero que pasado ese tiempo  tendrán que refrendar o devolver al Estado  para que éste conceda a quién lo necesite.

Esto último es un sistema racional al que debiera apelarse, asunto que evitaría tanto abuso, disgusto y ambición por la acumulación de bienes terrenales, especialmente de las tierras y el abuso en los precios. Valga advertir a los terratenientes para que tomen conciencia de que el promedio de vida en ningún país del mundo sobrepasa los 100 años, y si a esa edad llegan, no están en capacidad de administrar las tierras por invalidez física o indefensión, y cuando más ocuparán un cuarto con pocos metros cuadrados en un asilo, mientras sus descendientes riñen  por apoderarse de lo que el anciano ya no sabe lo que tiene.

Conozco `in situ´ lo que pasa en Israel, lo mismo que me cuentan sucede en Canadá, ejemplos singulares de concebir la propiedad de las tierras. Más todavía algunas comunidades tribales, desdeñadas disqué por inciviles, cuando más bien son modelo de solidaridad y consecuencia con sus congéneres, especialmente en lo referente a las concesiones y sucesiones de bienes de la diosa Gaya. La tierra nos pertenece a todos, tanto como el aire, la luz o la noche, nadie puede creerse dueño de ella por siglos por más fortuna que tenga. No  existieron Adanes ni Evas que hayan entregado denarios al dueño absoluto de la Tierra.

Y de suponerse la existencia de prójimos que hayan pagado al dueño Absoluto del Universo, aquéllos debieron legar a su descendencia en partes iguales.

Estas ligeras ideas para protestar a los `dueños´ de las tierras que especulan sin fin, especialmente en esta ciudad. ¡Sobre este asunto las autoridades de la urbe deben dar cuenta, mientras la Asamblea debe trabajar por tan sensible asunto!