El florecimiento de la vida

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florecimiento de los guayacanes loja

Es sábado 29 de diciembre, 2018, a las 6h27, el bus que nos traslada se mece como una hamaca lenta, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, lo hace así como tomándole el pulso a la vida. Esa es la carretera angosta, antigua, marchita, de la frontera lojana que como paralizada en el tiempo, nos conduce por ese camino aún con polvareda. Por acá nada ha cambiado, todo sigue igual, acostumbrada a la costumbre del olvido por los desgobiernos a los pueblos de frontera, que sólo por estos días existen. En estas condiciones, por aquí transita la vida, así camina el camino que nos conduce hacia Mangahurco, Zapotillo.
Tal vez el chofer conduce despacio, a propósito para que los pasajeros contemplemos la majestuosidad del paisaje que se presenta de repente ante nuestros ojos. Sin embargo, la mayoría de los pasajeros del bus 42 duermen. Que ganas de gritarles a los pasajeros que despierten, que dejen de roncar, de soñar, de dormir muriendo, de morir durmiendo… La ventana del bus está empañada por el rocío mañanero. La limpio como para exorcizar a la vida. Nada ni nadie puede empañar este instante que es mágico, sublime. La naturaleza con su sabiduría me sorprende cada vez más.
Son las 6h42 y poco a poco vamos llegando a nuestro destino. Es el milagro de la vida, de la naturaleza que entrega sin rubor sus tallos, sus hojas, sus flores como un homenaje de gratitud a la vida.
A las 6h54, el reloj electrónico que miro en el bus 42 de la cooperativa Unión Cariamanga se detiene. El ayudante del bus nos dice: “Buenos días. Hemos llegado a Mangahurco”.
Desde donde me encuentro contemplo a Mangahurco, sus casas son como cajitas de fósforos que por esta temporada se encienden de entusiasmo, como el sol que nos abriga, nos abraza, nos sostiene en la vida. Y tomo varias fotos con el teléfono celular ajeno.
Comienzo mi caminata despacio. Me detengo todo el tiempo del universo. No tengo apuro. En el trayecto me saludo con otros pasajeros que estuvieron en el bus. Busco la mejor imagen para que las fotos perduren hasta la eternidad. Las parejas se juran amor bajo la sombra del guayacán en flor. Los amigos, los vecinos, las familias se toman fotos. Hay otras familias que colocan muy bien el trípode para salir todos en la foto, hasta la mascota emocionada ladra, como si opinara que no la olviden, que ella también con sus ladridos, muestra sus finos colmillos y así posa para la foto. Esa gran foto les inmortalizará para la posteridad, tomada en uno de los árboles de guayacán vestido impecable desde el alba hasta el anochecer, de amarillo entero, intenso, señorial…
Los turistas que encuentro la mayoría son de Loja, lo sé por las placas de los carros que comienzan con la letra L, están también turistas de Pichincha, del Azuay, del Oro, de Tungurahua… En el tiempo que estoy aquí he mirado dos camionetas con turistas peruanos, lo sé también por el acento de la gente, y porque en las placas de los dos carros se lee claramente Perú.
Al paso miro también algunos turistas que portan cámaras profesionales. Están entretenidos como yo tomando fotos, buscando los mejores ángulos, las mejores perspectivas, aquellas fotos que les sorprenderán a sus amigos, que las publicarán en sus blogs, en sus Facebooks, o en los estados de sus celulares, para testificar que ellos también estuvieron aquí, donde se expanden los pulmones, donde el corazón brinca de alegría, donde se regocija la vida.
Me encuentro con camarógrafos de Ecuavisa, me dicen que mañana domingo pasarán el reportaje para los televidentes. Se hallan también camarógrafos de canal UNO y de RTS, lo sé porque en los chalecos azul mar que portan se leen los distintivos de los medios de comunicación que representan en ese momento. Mientras tanto el florecimiento de la vida continúa.
Llego al área de camping. Y ahí están las carpas en donde los huéspedes han improvisado a su manera la aventura. Y colocan las carpas que se extienden hasta el mismo corazón. El paisaje es de retazos de multicolores, pero la flor amarilla del guayacán se impone. Nadie le quita su vistoso e imponente colorido y protagonismo. Hoy el guayacán es el protagonista de la vida, de nuestra vida. Otros turistas para no perder la comodidad han traído hasta la almohada y su colchón, así no extrañan el confort de su cama que esta noche no les acompañará, no les hará compañía. Sin duda, soñarán con el olor intenso de la flor del guayacán, eso ya es bastante.
Converso con uno de los moradores de este lugar y me avisa que en la tarde se realizarán juegos deportivos y en la noche habrá música con la orquesta “Sonido Andino” de Piura, Perú. “Coincidió con esta fecha porque la lluvia se adelantó”, dice.
La vida se viste de amarillo intenso, de sol, de gratitud, de amor…El amor como nunca ya no es rojo, es amarillo de la flor del guayacán… Aquí se reconcilia la vida, esa vida que es efímera, pero que en este sitio se hace perdurable e inmortal.
Cerca del área de camping se alquilan acémilas. Cinco dólares cuesta la media hora de la cabalgata. El ingenio de los moradores del lugar se hace presente. Hay un fotógrafo que ha colocado una hamaca aferrada en un tronco del guayacán, ahí toma las fotos, y muy cerca se encuentra amarrado un caballo. “La foto cuesta cuatro dólares y así se llevará un grato recuerdo de este sitio”, afirma el fotógrafo.
Los relinchos de un caballo blanco sucio me interrumpen. Un muchacho pretende improvisadamente tomar las riendas de su vida, monta ese caballo que se resiste a cabalgar. Tal vez porque es el reflejo de su vida, expresado en la actitud y sabiduría del caballo, que no le tiene confianza, a lo mejor hace tiempo el joven se olvidó de ser su propio jinete y eso el animal lo percibe, lo siente, lo huele y mal puede digerir su miedo, peor dirigir la vida de otro cuando no puede comandar su propia vida. El caballo no se equivoca. El joven aprendió la lección.
Mientras al poco rato, montados sobre un asno, una niña y un niño cabalgan felices, alejados de todo problema. El burro les obedece. Los niños no se han contaminado de la maldad, de su propia maldad; su inocencia se impone. Será también porque para ellos la vida recién empieza. El animal se deja llevar la rienda por la niña y el niño que mueven sus pies felices como alentándolo al asno que cabalga a su propio ritmo, sin apuro ni dolor.
De repente aparecen también jinetes que cabalgan sus caballos con donaire, con garbo, con presencia. Son todo un espectáculo de caballos de paso fino, de trote ligero, pisan fuerte, seguros, levantan polvo, así dejan huella por la vida, como este suelo reseco por el sol, que se resiste a desfallecer a la intemperie y que a su manera persiste en domar esta vida chúcara… así cada uno toman su propia rienda, su propio camino y persiguen su propio sueño… en este sitio mágico, de ensueño, adornado por una postal de amarillo en flor.
Ahora mismo están los caballos de metal. Son los ciclistas afortunados que gozan de la libertad de pedalear en la naturaleza, en el campo puro, pacífico y no agresivo como ocurre en la ciudad. Tampoco con ciclo vías mal distribuidas, hechas al antojo de quien decide en la ciudad de cemento y asfalto. Llegan también personas en motos, en carro e incluso en una furgoneta escolar. Todo transporte es permitido, lo importante es vivenciar, que nadie nos cuente como la naturaleza ofrece sin egoísmo desde sus raíces, sus troncos, las flores amarillas de los guayacanes.
Los animales no son la excepción. Hay cerdos, chivos propios de esta región, que hacen más atractivo el paisaje de los guayacanes en flor. Les tomo algunas fotos. Me encuentro con dos perros que con lengua afuera están sedientos, los he visto varias veces por donde camino, ¿será que me hacen compañía?, ¿que desea que les brinde un poco de agua o que a su manera me persiguen como la sombra al sol?
El teléfono celular que no es mío, me acompaña para testimoniar lo que ocurre aquí una vez en el año. Ya no tomo fotos ni videos porque se ha terminado la batería, pero yo estoy recargado de más y pura energía.
Soy afortunado, bendecido. Siempre quise estar aquí y he llegado para contagiarme de la magia del amarillo sol, de la paz que nos habita, del trinar de los pájaros, del canto del gallo que se escucha, que dialoga con el corazón, con la vida.
A través de un megáfono se escucha la voz de un hombre que en un carro ofrece a los turistas, “solo a un dolarito, helados puro de crema, de la máquina a su paladar”, así lo dice. “Fruticoco” se lee en una parte del balde del vehículo. Y mi boca se hace agua, se derrite, pero no compro, prefiero beber el agua de la botella que me refresca la sed del sol que me abriga hasta la médula. Me limpio el sudor y prosigo. Mientras miro a una chiquilla que abre los brazos hacia el cielo como agradeciendo al creador, al cosmos por estar aquí, en esta linda y grata tierra donde se inspira el poeta, el fotógrafo, el artesano, el campesino, el comerciante, el músico, el pintor, el escritor… Así se inspira la vida.
Hay puestos de comida: chivo al hueco, 5 dólares, seco de chivo, 3 dólares, seco de pollo, 2, 50 dólares, así constan los precios de los platos típicos en los anuncios improvisados bajo el toldo de estos comedores y también se encuentran estos precios en las casitas de bahareque, de ladrillo y sol, que por esta vez los moradores hacen su agosto a finales de diciembre y principios de enero. Un año que concluye y otro que apenas comienza. Curioso, ¿no? Hay también puestos de refrescos. Se venden jugos de naranjas, pipas acompañadas en el centro de la fruta de un sorbete enorme, que les sirve como un vaso natural y que los turistas degustan tomándose todo el tiempo para sentir de lo que está compuesta esta fruta, que es del sabor y el colorido amable de su gente.
Mi desayuno fue un delicioso seco de chivo con un café de altura, de aroma. Una sazón única, deliciosa, otro sabor. En el almuerzo degustaré chivo al hueco acompañado como refresco de un vaso de tamarindo. Se me abrió el apetito.
Son ya las 11h59 he decidido regresar al pueblo, a Mangahurco. He caminado más de cuatro horas, deteniéndome para observar hasta el más mínimo detalle de estos árboles. ¿Qué misterio esconden sus raíces, sus hojas, sus flores amarillas para que personas de otras latitudes estemos aquí para descargar las penas, para llenarnos de energía, para oxigenar el alma, el espíritu, el corazón?
Ya a mi regreso al pueblo me encuentro con la niña y el niño que ya no están montados en un burro, ahora caminan acompañados de su padre, quien marcha como Jefferson y los niños le imitan. “Se ve gracioso como lo hacen, porque les falta coordinación en los movimientos”, les dice, su padre. Pero a ellos no les importa, prefieren gozar, divertirse a su manera, levantando polvo, como una señal que están vivos, que no les importa la opinión de la gente ni de la sombra que apenas les mira.
En el trayecto hacia Mangahurco encuentro estacionado el bus 42 de la cooperativa Unión Cariamanga, tiene derecho también a descansar de la larga espera, porque a las cinco de la tarde retornaremos a Loja, a la otra realidad.
Me detengo por última vez y a lo lejos contemplo el paisaje, es como un gigantesco lienzo, una gran acuarela natural, repleto de puntos amarillos, de manchas amarillas… son como luciérnagas pero que no se apagan están encendidas por un amarillo intenso, inolvidable. Aquí el amarillo es el color de la vida.
Estoy convencido que otra vez volveré. Cierro los ojos para guardar en mis pupilas, en el recuerdo de mi memoria el amarillo florido que nos cobija, es un manto inmenso que se impregna en nuestros ojos, en nuestra piel. Lo hago para nunca olvidarme que aquí en Mangahurco, en la provincia de Loja, al sur del Ecuador, florece la vida. (F).

Texto : Diego Alejandro Gallegos Rojas.
-Escritor lojano, para El Mercurio-